1. Vae victis

Si alguien duda de que la guerra fría fuera de verdad una guerra, no tiene más que ver lo que le pasó a los perdedores. Con pena y sonrojo, la poderosa Unión Soviética se convirtió en Rusia. Su presidente se llamaba Yeltsin. Todo el mundo sabía que era alcohólico y en las cumbres internacionales lo invitaban a copas para reírse de él. Veinte años después de la derrota, los geógrafos de los demás patrones del planeta todavía podían fardar ante los (pocos) interesados de mapas invertidos como este.[1]

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1. El petróleo y la teoría del tubo

En el número anterior, mientras refunfuñábamos por lo insatisfactorias que son las explicaciones sobre las guerras estadounidenses en Oriente Medio y Asia Central, tuvimos una salida que no llegamos a aclarar: «las “explicaciones petrolíferas” son para la izquierda antiimperialista y no aguantan ni la más mínima confrontación con el sentido común». Así, de un golpe, además de dejar clara la gran ventaja de escribir en publicaciones marginales (dices lo que te da la gana y no tienes que darle explicaciones a nadie), iniciamos una discusión que a nuestro parecer es interesante.

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1. Información. Los terroristas islamistas y sus enemigos

Hace tres años y pico, un cuerpo de marines estadounidenses borró de nuestras pantallas el conjunto de píxeles que habíamos aprendido a reconocer como Osama Bin Laden. En esta revista, recibimos la noticia de la siguiente manera:

En el momento de su tan simbólico exterminio, Bin Laden y su organización estaban ya en las últimas. Primero, porque en el interior de las «democracias occidentales» el cuento del «terrorismo islamista» ha calado tanto que se ha convertido en una categoría en la que cabe cualquier cosa. Las masas no necesitan ya un hombre del saco en el que concentrar todas sus fobias y obsesiones, les basta con que el gran dedo índice estatal señale a la amplia categoría «morenos peligrosos». En el exterior, por otra parte, ha quedado demostrado que esta gran patraña ha sido más que suficiente para poner en marcha a toda velocidad el plan Afpak y desarrollarlo durante diez años. Sin embargo, al lado del futuro de la guerra y de las futuras «amenazas» que sin duda habrán de descubrirse… puede resultar un pelín insuficiente.

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En los últimos años, está pasando mucho dinero por las manos del ministerio de Orden Público para la construcción y el funcionamiento de los nuevos campos de concentración de trabajadores inmigrantes. El destino final de este dinero es una serie de empresas privadas y de ONG que se ocupan de la edificación, el mantenimiento y el suministro alimentario de estos centros. En los tiempos de crisis que corren, este dinero constituye un insólito caudal de fondos estatales que fluye en dirección a la economía privada y del que, como es natural, se benefician los distintos amigos de la policía, que descubren con alegría el lado lucrativo de su amistad. Así es cómo, poco a poco, van apareciendo en nuestras ciudades y barrios esta clase de patrones, que con la ética y la estética correspondientes están impulsando una transformación de las relaciones de clase. Al final, los campos de concentración no están «por ahí lejos», sino repartidos por el entramado urbano de nuestras ciudades.

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El cartel blanco traducido.

El cartel blanco traducido.

Por lo que hemos podido ver, el cartel blanco que la asamblea Autonome Antifa pegó por las calles de Atenas antes del verano ha despertado unos sentimientos que, teniendo en cuenta la situación de analgesia generalizada de la época, podrían calificarse hasta de intensos.

No nos sorprende. Hemos aprendido, tanto del trabajo de publicación de esta revista como de iniciativas anteriores, que quien se empeña en pinchar en el tema de la responsabilidad de los sujetos (en especial de los trabajadores) sobre aquello que les sucede está condenado a ser el blanco de los ataques furibundos de diversos revolucionarios. No porque haga mal, sino por razones de mayor peso. Concretamente, lo que sostenemos es que a quien ofenden iniciativas como el cartel blanco es al leninismo (más aún, al leninismo tosco y mal disimulado) que caracteriza a todas y cada una de las vanguardias imaginariamente revolucionarias de este país.

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c) La organización política del fascismo fue posible gracias a la iniciativa y el sostén de las distintas burguesías nacionales. Por lo tanto, los regímenes que precedieron al fascismo y los llamados «regímenes fascistas» están unidos por una continuidad histórica ininterrumpida. Esta continuidad es comprobable incluso a nivel de nombres propios.

Por lo que respecta al bando aliado, la cuestión es simple: la continuidad de los regímenes se da por sentada. No hay razón para ocultarla porque nadie reconoce que estos regímenes fueran también fascistas. En cuanto a los estados que el discurso dominante reconoce como fascistas, la cuestión es compleja y políticamente peligrosa. En la Alemania de mediados de los setenta por ejemplo, el que para algunos es el «historiador alemán más importante del siglo XX», Fritz Fischer, puso sobre la mesa la cuestión de la existencia de un «continuo de las élites» que recorre la historia alemana. Fischer afirmó que estas élites, y no Hitler ni los nazis, fueron el verdadero vehículo de las ideas de «espacio vital» y «Europa Central», que eran estas élites quienes poseían los correspondientes intereses materiales y que su acción conjunta fue la que condujo a Alemania a la posición de «agresor» en las dos guerras mundiales. No es casual que la obra de Fischer fuera calificada de altamente antialemana (como ciertamente lo era), que le retiraran todas las becas de investigación y que las oficinas de su editor sufrieran el atentado con bomba de unos «patriotas alemanes».

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3. Proyecto de historia antifascista del fascismo

El [materialista histórico] deja de desgranar la sucesión de acontecimientos
como si fuera un rosario para captar la constelación en la que
su propia época ha entrado con otra anterior.

Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la historia

 

Nuestra intención es proponer una definición de fascismo que pueda ser útil en la actualidad desde una perspectiva clasista, que sea capaz de explicar nuestra época revelando las relaciones que guarda con otras anteriores. Sostenemos, por tanto, que el fascismo no fue un cuerpo ideológico, sino un proceso histórico. El fascismo, su aparición y auge fueron un proceso de desvalorización de la clase trabajadora hasta el exterminio masivo producido a mediados del siglo pasado.

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