Proyecto de definición de fascismo (3/4)

3. Proyecto de historia antifascista del fascismo

El [materialista histórico] deja de desgranar la sucesión de acontecimientos
como si fuera un rosario para captar la constelación en la que
su propia época ha entrado con otra anterior.

Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la historia

 

Nuestra intención es proponer una definición de fascismo que pueda ser útil en la actualidad desde una perspectiva clasista, que sea capaz de explicar nuestra época revelando las relaciones que guarda con otras anteriores. Sostenemos, por tanto, que el fascismo no fue un cuerpo ideológico, sino un proceso histórico. El fascismo, su aparición y auge fueron un proceso de desvalorización de la clase trabajadora hasta el exterminio masivo producido a mediados del siglo pasado.

Naturalmente, la definición que proponemos es imposible de fundamentar en esta introducción. Igual que sucede con cualquier tesis sobre la historia, llegar a constatarla y defenderla supone años de lucha contra el discurso hegemónico. Incluso limitándonos a la historia griega, esto significaría ya sortear los escollos que la visión dominante de la historia levanta desde 1950, enfrentarnos a un cúmulo de ideas «evidentes» que tienen sesenta años de antigüedad, detectar los intereses materiales e ideológicos que se esconden detrás de ellas y luchar en su contra.

Lo que sí podemos hacer aquí es enumerar algunas tesis básicas que se extraen de nuestra definición de fascismo y sustentarlas con ejemplos. El lector deberá tener en cuenta que se trata más de objetivos que de tesis fundadas. También, que la mayoría de ellas, y en especial las que no se refieren a Grecia, no son de nuestra cosecha; pertenecen al lado oculto de la discusión que se mantiene a escala mundial sobre el fascismo, sobre todo desde 1980. Decimos, por tanto, que:

a) El fascismo, como ataque mortal contra la clase trabajadora, se encuentra en la base de la política y los métodos de todos los estados capitalistas del periodo de entreguerras y de todos los estados que participaron en la segunda guerra mundial. El fascismo fue una práctica estatal generalizada.

Es necesario dejar de pensar en el fascismo como en un cúmulo de personajes y símbolos: Hitler, el bigote, las SS, la esvástica. También, aprender a ver más allá de los sucesos emblemáticos que simbolizan el horror nazi: el holocausto, la ideología racial, la política de represalias, la ocupación, etc. De acuerdo con la visión que defendemos, el nazismo alemán no fue más que una de las formas políticas en las que se manifestó un proceso global. Por lo que respecta a la naturaleza de este proceso, lo conveniente sería dirigir nuestra atención a hechos y situaciones en los que el fascismo se presentó desprovisto de esvástica, sin perder por ello magnitud como proceso de desvalorización de la clase trabajadora hasta su exterminio masivo.

Aquí cabría referir el caso de la eugenesia fascista, un conjunto de ideas y prácticas científicas según las cuales el camino hacia la prosperidad de la nación y la humanidad pasaba por la reproducción selectiva de la especie. Estas ideas resultaron, entre otras cosas, en la esterilización forzosa de los «sectores más débiles» de la sociedad; en la Alemania nazi concretamente, condujeron a la matanza de miles de enfermos mentales que hasta su exterminio llenaban los sanatorios alemanes. Pero la eugenesia no fue una particularidad exclusiva del nazismo. Durante el periodo de entreguerras, caracterizó la política de muchos otros estados, en especial la de ee. uu. Asimismo, no afectó solo a los enfermos mentales, sino a todos aquellos y aquellas que a causa de su «modo de vida» eran declarados «extraños a la comunidad».

Buscando también en nuestra historia otros sucesos en los que el fascismo apareciera sin esvásticas, nos viene a la memoria un ejemplo enormemente ilustrativo. Es un hecho aceptado que a lo largo del invierno de 1941 decenas de miles de personas (quizá cien mil) murieron de hambre en las calles de nuestra ciudad. La hambruna de Atenas fue un acontecimiento relevante en términos cuantitativos incluso para las dimensiones de la segunda guerra mundial, y comprenderlo en su amplitud no es nada sencillo. Porque, ¿qué sucede en una comunidad en la que la gente muere de hambre durante seis meses? ¿Cuánto cuestan exactamente los alimentos y cuánto la vida en semejantes circunstancias? ¿Cómo se reorganizan las relaciones sociales en medio de una coyuntura así? Y por supuesto, ¿mediante qué mecanismos se decide quién vive y quién muere?

Hoy, los habitantes de la misma ciudad conciben aquella hambruna como una tragedia lejana y, en todo caso, como un hecho del que tiene la responsabilidad exclusiva el nazismo alemán (¡ni que hubieran arramblado con toda la comida!). Quizá resulte sorprendente conocer que uno de los factores que contribuyó de manera más decisiva a la hambruna fue el bloqueo naval impuesto por la armada británica. Y que el estado británico impuso aquel bloqueo a lo largo de todo el invierno de 1941 con el claro objetivo de que, entre otras cosas, murieran «unos cuantos millones de griegos» y así el resto se sublevara. Igual de estremecedor puede ser descubrir que las víctimas de aquella hambruna no eran escogidas por el azar: todos los que murieron eran trabajadores («habitantes pobres de las ciudades», vecinos de los guetos de refugiados y hasta bastantes «combatientes condecorados del frente albanés», que por la razón que sea no pudieron abandonar Atenas tras la invasión alemana). Sigue inexplorada, como es natural, la participación y la responsabilidad de distintos sectores de la sociedad griega que buscaron beneficiarse cuanto y como pudieron de la situación a vida o muerte que reinaba en la ciudad.

El fascismo no fue una ideología racial originada en Alemania, sino hechos como la hambruna de Atenas o prácticas como la selección eugenética de los «aptos». Con anterioridad a la guerra, se presentó como un conjunto de políticas estatales relativas a la asistencia, aunque no del modo en que acostumbramos a oír el término. A lo largo de esta, como arma de exterminio masivo dirigida contra la clase trabajadora y manejada de múltiples maneras que en muchos casos no brotaban de la esvástica.

b) La segunda guerra mundial no fue resultado de la «locura fascista», sino de rivalidades entre estados con causas materiales.

En 1939, la rivalidad existente entre Alemania e Inglaterra no era ninguna novedad. Ya en 1916, por ejemplo, Lenin componía el libro El imperialismo, fase superior del capitalismo alrededor del tema de las rivalidades entre estados y sus causas materiales. En él, se describe la coyuntura internacional del momento de la siguiente manera:

Vemos tres regiones con un capitalismo muy desarrollado (alto desarrollo de las vías de comunicación, del comercio y de la industria): la centroeuropea, la británica y la americana. Entre ellas, tres Estados que ejercen el dominio del mundo: Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos. La rivalidad imperialista y la lucha entre ellos se hallan extremadamente exacerbadas debido a que Alemania dispone de una región insignificante y de pocas colonias; la creación de una «Europa Central» es todavía cosa del futuro, y se está engendrando en una lucha desesperada.[1]

Desde 1916, momento en el que el «fascismo» de los libros de historia todavía no había hecho aparición, quien fuera lo bastante visionario podía ver el futuro como escenario de una «lucha desesperada» entre estados. Podía advertir ya quién iba a ser el «agresor» (una Alemania territorialmente constreñida y con un potente capital a la que le interesaba subvertir el statu quo) y quién el «agredido» (la territorialmente extensa Inglaterra, interesada en conservarlo). Y por tanto, adivinar lo que estaba en juego en aquel futuro sangriento: la creación de «Europa Central», es decir, una Europa continental que gravitara alrededor de los intereses del capital alemán. Este y no otro fue el proyecto frustrado del, por lo demás, «irracional» régimen alemán durante la segunda guerra mundial.

Pero volviendo a nuestra historia, uno de sus puntos más oscuros es la posición del estado griego en la segunda gran guerra. Aquí, el mito de nuestras fiestas nacionales ejerce una hegemonía total: Grecia (como Inglaterra) actuó en defensa propia ante la «hostilidad fascista». Para descubrir que el estado griego, ya desde comienzos de 1940, ayudaba materialmente al Reino Unido en su guerra contra Alemania hay que buscar entre los pormenores de las narraciones históricas. Pretender, por tanto, explicar la «epopeya del 40» como lo que realmente fue, una lucha entre Grecia e Italia por el «Epiro norte»,[2] es algo que casi roza la ilegalidad en nuestro país. De forma parecida, cualquier posibilidad de considerar al régimen de Metaxás como preparativo político y militar de la burguesía griega para la segunda guerra mundial queda enterrada bajo la rica argumentación de toda la historiografía nacional, que defiende a capa y espada que se trataba de un régimen «autoritario y populista», de una «estructura política totalitaria, personalista y anticomunista», de un lapsus fugaz que se desvaneció ante la consistencia de la «epopeya de la resistencia nacional». Pero en ningún caso que se trataba de fascismo.

Nos encontramos aquí con una de las empresas más importantes que podría abordar el antifascismo: la demolición de los mitos fundacionales de la actual república griega. ¡Tampoco había dicho nadie que los temas que tratamos fueran sencillos o intrascendentes!

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[1] Lenin, V. I. (1975): Obras escogidas, tomo I, versión de la Editorial Progreso, Madrid: Akal/Ayuso.

[2] Expresión propia del discurso nacionalista griego que se refiere al sur de Albania como territorio irredento.


Este fragmento pertenece al primer capítulo de El fascismo sin esvástica, panfleto publicado en 2010 por la asamblea Autonome Antifa (Atenas).

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