Proyecto de definición de fascismo (4/4)

c) La organización política del fascismo fue posible gracias a la iniciativa y el sostén de las distintas burguesías nacionales. Por lo tanto, los regímenes que precedieron al fascismo y los llamados «regímenes fascistas» están unidos por una continuidad histórica ininterrumpida. Esta continuidad es comprobable incluso a nivel de nombres propios.

Por lo que respecta al bando aliado, la cuestión es simple: la continuidad de los regímenes se da por sentada. No hay razón para ocultarla porque nadie reconoce que estos regímenes fueran también fascistas. En cuanto a los estados que el discurso dominante reconoce como fascistas, la cuestión es compleja y políticamente peligrosa. En la Alemania de mediados de los setenta por ejemplo, el que para algunos es el «historiador alemán más importante del siglo XX», Fritz Fischer, puso sobre la mesa la cuestión de la existencia de un «continuo de las élites» que recorre la historia alemana. Fischer afirmó que estas élites, y no Hitler ni los nazis, fueron el verdadero vehículo de las ideas de «espacio vital» y «Europa Central», que eran estas élites quienes poseían los correspondientes intereses materiales y que su acción conjunta fue la que condujo a Alemania a la posición de «agresor» en las dos guerras mundiales. No es casual que la obra de Fischer fuera calificada de altamente antialemana (como ciertamente lo era), que le retiraran todas las becas de investigación y que las oficinas de su editor sufrieran el atentado con bomba de unos «patriotas alemanes».

En Grecia, por el contrario, ningún historiador se ha visto nunca en semejante aprieto. Simple y llanamente, porque ninguno se ha atrevido a afirmar nada parecido en un país en el que, como ha demostrado el caso reciente de un manual escolar de historia, basta con no querer hablar del incendio de Esmirna como de una «masacre» o una «carnicería» (por no difundir el odio a los turcos entre niños de doce años) para que se te tiren al cuello. Aun así, los datos están al alcance de todo el mundo y es más bien sencillo reconocer al llamado «gobierno colaboracionista» de la ocupación nazi como parte de la élite griega. El vínculo entre ambos, además, es comprobable incluso a nivel de nombres propios. Directores de bancos, jefes de la policía, ministros de economía o primeros ministros no salieron de la nada, ya eran personalidades importantes de la vida política y económica antes de la ocupación. Tampoco es difícil demostrar que «gobierno colaboracionista» y «gobierno del Cairo»[1] compartían aspiraciones. Sobre todo cuando hablamos de la Grecia posterior a la segunda guerra mundial: mantener la «integridad territorial», anexionar ciertas regiones que ya antes de la guerra eran objetivos permanentes del estado griego («Epiro norte», Chipre, Dodecaneso, Macedonia) y, por supuesto, depurar al enemigo interior (expulsar a las minorías étnicas y aplastar la amenaza comunista). La contribución del «gobierno colaboracionista», sobre todo al último de estos empeños, y las consiguientes recompensas concedidas por el «gobierno del Cairo» siguen sin ser tenidas en cuenta.

En vez de mostrarse tan antigriegos como antialemán se mostró Fischer, nuestros historiadores se sienten más cómodos profesando una visión de la historia que dice que el estado griego era una entidad en 1935, otra segunda entidad distinta en 1936, otra tercera y otra cuarta simultáneamente de 1940 a 1944, otra quinta en 1945 y, por último, otra sexta entidad estatal desde 1950. Y eso sin hablar de la «junta de los americanos y los coroneles», punto en el que lío es ya de campeonato. ¡Sabios, estos historiadores griegos! Pues, como ya hemos visto, reconocer la menor continuidad en las élites nacionales traería unas consecuencia políticas gravísimas que más les valdría evitar. Y a nosotros no hacerlo.

d) El fascismo tuvo que pasar por encima del cadáver de la clase trabajadora organizada.

Ya hemos dicho que la idea de que el fascismo tuvo el apoyo de la clase trabajadora es peligrosa políticamente. Nuestra opinión es que tiene por objetivo culpar a los trabajadores y su organización política, y al mismo tiempo exculpar a las distintas burguesías nacionales, que fueron los auténticos verdugos impulsores del fascismo. Esto, claro está, no significa que ignoremos el hecho histórico de que hubo millones de trabajadores asalariados de los que no tenían nada que perder salvo sus cadenas que apoyaron y sirvieron no solo a los regímenes fascistas, también a las «democracias occidentales», y que se entregaron en cuerpo y alma a hacer la guerra contra sus semejantes organizados tanto en ejércitos regulares como en toda clase de escuadrones fascistas.

Creemos que el talón de Aquiles de esta idea está en que pasa por alto deliberadamente la distinción entre trabajadores como individuos y clase trabajadora como cuerpo organizado políticamente. Por nuestra parte, sostenemos que se trata de dos cosas muy distintas. Más concretamente, creemos que esta idea que quiere ver «trabajadores» donde no hay más que individuos aislados al servicio del estado es por definición torticera y errónea. O que por lo menos lo es tanto como la que quiere ver, donde hay una policía que actúa como cuerpo estatal, a los maderos como individuos.

La realidad es que las formas de organización de la clase trabajadora que existieron antes del fascismo fueron posiblemente las únicas entidades que lo combatieron, y durante largo tiempo. Esta fue una guerra sin cuartel que se dio en las peores condiciones posibles, una guerra cuyo final, más que su comienzo, fue el ascenso del nazismo al poder. Y es significativo que, incluso cuando sus formas de organización predominantes —los partidos comunistas— traicionaron a sus miembros acatando las órdenes de la Unión Soviética, todavía hubo iniciativas por parte de grupos de trabajadores organizados que intentaron continuar luchando contra el fascismo. Sabían que la muerte física no era lo único que estaba en juego, también la posibilidad de una muerte ideológica digna.

Por lo tanto, quien quiera ver qué hacía la clase trabajadora contra el fascismo no debe fijarse en los socialdemócratas alemanes, sino en el Partido Comunista de Alemania o mejor aún en los grupos violentos de acción antifascista formados por trabajadores en huelga que actuaban durante la República de Weimar y los primeros años del régimen nazi. No debe fijarse en la composición de clase de los partidarios de Mussolini, sino en el movimiento de ocupaciones de fábricas de la década de los veinte en Italia. No debe fijarse en la traición de los partidos comunistas estalinistas a la revolución española, sino en el apoyo internacional que recibió de comunistas y anarquistas que iban a luchar a España, muchas veces en contra de la voluntad de sus partidos y por supuesto a riesgo de sus vidas. No debe fijarse en la célebre carta de Sajariadis,[2] sino en los enfrentamientos antifascistas y las huelgas, muchas veces armadas, que sacudieron Grecia de 1920 a 1936, y en las que por cierto se encuentra el verdadero origen de la guerra civil griega.

La clase trabajadora organizada fue la única entidad que plantó cara al fascismo. Esta batalla se dio durante el periodo de entreguerras y concluyó con su derrota. Militarmente, en las calles; políticamente, con el ascenso de los partidos fascistas al poder; ideológicamente, con la prevalencia de los estalinistas dentro de los partidos comunistas y con el inicio de la segunda guerra mundial. Los trabajadores, todos ellos, pagaron esta última derrota con la misma moneda con la que habían pagado su lucha contra el fascismo: su sangre. El fascismo, para lograr imponerse, tuvo que pasar por encima del cadáver de la clase trabajadora organizada, y así sucedió en todas partes. Por lo demás, la afirmación de que «la clase trabajadora apoyó al fascismo» no pasa de ser una tautología de la peor naturaleza: ¿acaso hay alguien más que sea socialmente apto para convertirse en carne de cañón?

Resumamos pues: hemos propuesto una definición de fascismo. Se trata de una definición histórica que difiere de la visión dominante sobre lo acontecido en el periodo de entreguerras y en la segunda guerra mundial.

Según esta definición, el fascismo fue un largo proceso de desvalorización de la clase trabajadora hasta su exterminio masivo.

Este ataque mortal comenzó en la primera guerra mundial, se organizó políticamente durante el periodo de entreguerras y a lo largo de la segunda guerra mundial se puso en marcha por todo el mundo con enorme despliegue de violencia. El nazismo alemán y el fascismo italiano fueron algunas de las formas políticas que adoptó.

Por lo demás, el fascismo, como conjunto de prácticas y de políticas, puede encontrarse en la base del comportamiento de todos los estados capitalistas durante el periodo de entreguerras y la segunda guerra mundial. Dicha guerra no fue resultado de la «irracionalidad nazi», sino de rivalidades entre estados con causas materiales.

La organización política del fascismo, sobre todo en los estados reconocidos como fascistas, se llevó a cabo con la iniciativa y el sostén de las burguesías nacionales. Por tanto, los regímenes que precedieron al fascismo están unidos a los llamados regímenes fascistas por una continuidad histórica ininterrumpida. Esta continuidad es comprobable incluso a nivel de nombres propios.

El fascismo, para imponerse, tuvo que pasar por encima del cadáver de la clase trabajadora organizada.

Como es natural, los objetivos de la definición que proponemos son políticos y pretenden ser útiles en el momento histórico que vivimos. Afirmamos que el fascismo fue un producto y una herramienta de las burguesías nacionales y, en última instancia, de la burguesía mundial. Afirmamos que surgió en todos los estados capitalistas sin excepción y que fue ejercido por todos ellos. Afirmamos que condujo a la mayor masacre de la historia de la humanidad al mismo tiempo que se presentaba como una «lucha justa» y «razonable». Afirmamos que el único oponente que tuvo fue la clase trabajadora organizada.

A nuestro modo de ver, esta definición es útil. Lo es porque sirve para derribar el dominio ideológico impuesto por las narraciones históricas de los patrones. También porque demuestra que el fascismo es perfectamente posible en la actualidad, evidentemente no bajo la forma de la esvástica, sino de un ataque mortal a la clase trabajadora por parte de los mismo verdugos. Porque, explicada en detalle y no con ejemplos como más arriba, puede señalarnos las direcciones por las que se acerca un ataque igual hoy en día. Porque, en nuestra opinión, solo una aproximación como esta puede salvarnos de la sorpresa —más que desagradable o vana, mortal— «por que las cosas que estamos viviendo todavía sean posibles» en el siglo XXI.


[1] Gobierno griego en el exilio durante la ocupación nazi (1941-1944).

[2] Carta abierta en la que el entonces secretario general del Partido Comunista de Grecia, Nicos Sajariadis, pedía al pueblo griego que se sumara «incondicionalmente» a la lucha «dirigida por el gobierno de Metaxás» contra el ataque italiano. Fechada a 31 de octubre de 1940 en Atenas.

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