Un cartel blanco

El cartel blanco traducido.

El cartel blanco traducido.

Por lo que hemos podido ver, el cartel blanco que la asamblea Autonome Antifa pegó por las calles de Atenas antes del verano ha despertado unos sentimientos que, teniendo en cuenta la situación de analgesia generalizada de la época, podrían calificarse hasta de intensos.

No nos sorprende. Hemos aprendido, tanto del trabajo de publicación de esta revista como de iniciativas anteriores, que quien se empeña en pinchar en el tema de la responsabilidad de los sujetos (en especial de los trabajadores) sobre aquello que les sucede está condenado a ser el blanco de los ataques furibundos de diversos revolucionarios. No porque haga mal, sino por razones de mayor peso. Concretamente, lo que sostenemos es que a quien ofenden iniciativas como el cartel blanco es al leninismo (más aún, al leninismo tosco y mal disimulado) que caracteriza a todas y cada una de las vanguardias imaginariamente revolucionarias de este país.

Pero antes de explicar a qué nos referimos, queremos recordarles a nuestros compañeros y a nuestros críticos algo que no está de más tener presente. Ni el enfoque ni la visión del mundo que hay detrás del cartel blanco son innovadores en ningún sentido. Forman parte de una tradición política marginal: la de la autonomía griega, que comienza a mediados de los años noventa.

Para comprender la naturaleza y la utilidad de las ideas que subyacen al cartel blanco, sería de gran ayuda un pequeño ejemplo histórico. Para algunos gustos peculiares, a lo mejor es hasta divertido. El 9 de abril de 1998, tuvo lugar en Atenas una manifestación cuya consigna parodiaba un famoso lema de la izquierda: «Los griegos no son racistas. Lo que apesta en realidad es el cadáver en descomposición del pequeñoburguesismo». El cartel que la convocaba tenía por firma una estrella nada más. La correspondiente octavilla con el mismo título contenía una serie de invitaciones afectuosas del tipo: «Atrancaos bien en casa, no vaya a ser que se escape la peste a descompuesto que echáis». También manifestaba algunos compromisos con vistas al futuro: «Decid cómo queréis que os llamemos, que sepamos que os vais a volver la próxima vez que nos caguemos en vuestros muertos». Como dato, el reparto de aquella estudiada octavilla se saldó con cinco racistas y dos antirracistas en urgencias por heridas leves, bajas necesarias para que al final la manifestación lograra tener trescientos asistentes, se desplazara hasta el edificio de la Unión de Redactores de Prensa Diaria de Atenas y rompiera algunas ventanas sin llegar a disolverse.

Pero vayamos al grano. El punto de vista que acabamos de describir no surgió o, más seguro todavía, no creció políticamente al calor de ningún tipo de teoría. Creció políticamente al calor de un empirismo radical. Como es lógico, a largo plazo, esto era una debilidad importante. A corto plazo, sin embargo, demostró ser una fortaleza. Porque es verdad que los y las jóvenes que promovían este tipo de cosas en 1998 no tenían la menor idea de qué eran ni la clase trabajadora ni el capitalismo, y en ese sentido su visión era mucho menos profunda de lo que cabía desear. Sin embargo, aquella mirada que, aunque superficial, no estaba viciada por las patrañas teóricas sobre «el fin del trabajo» que circulaban en la época, se quedó clavada en un autobús de línea lleno de racistas, en el asesinato de un inmigrante albanés por robar una sandía, en sus patrones, en sus padres y en sus madres, en el querido lema de la izquierda «Los griegos no son racistas». Los y las jóvenes que se manifestaron aquel día eran empiristas radicales y hacían muy bien en serlo porque en aquella época las anteriores generaciones de revolucionarios habían montado el tinglado de tal manera que no quedaba otra cosa decente que ser.

Por eso, las ideas de las que hablamos, sobre todo en sus primeros pasos, no giraban en torno a una clase trabajadora admirable. El empirismo radical al que nos hemos referido no veía nada parecido por ninguna parte. Por otro lado, a través del mismo método empírico, se descubrió un enemigo tan evidente como útil: el pequeñoburguesismo. O tal y como se percibía entonces con un odio que llegaba a lo personal, «los pequeñoburgueses».

Pero en última instancia, el pequeñoburguesismo no es un conjunto de personas, sino un cuerpo de relaciones sociales y un producto histórico al mismo tiempo. Por eso mismo, ofrecía ventajas importantes a quien lo declaraba su enemigo número uno. En la oscura década de los noventa, la versión griega del pequeñoburguesismo, justo porque era parte de la historia de la clase trabajadora (concretamente su derrota absoluta antes de la catástrofe), era capaz de hacerle ver hasta al punki más empirista y cabezón algunas cosas que los «teóricos» siguen considerando hoy en día intrascendentes. Que la clase trabajadora existe y que se la puede descubrir en medio de su ausencia, entre los despojos de la carnicería caníbal que se desarrolla en su interior. También, que los trabajadores no son «víctimas del sistema educativo» ni peones sin voluntad en manos de los «nuevos científicos de la comunicación». Los trabajadores son sujetos con intenciones, historia e intereses, y precisamente por eso son capaces de los mejores episodios de solidaridad y de los peores momentos de canibalismo.

No procede extenderse aquí, pero si se piensa, no hay más esperanza para esta sociedad que reconocer esta subjetividad obrera inalienable, reconocer el hecho de que nosotros forjamos el mundo. Y si por algún casual caemos en la cuenta de que el mundo que hemos forjado es una mierda, más nos valdría reconocer que hemos sido nosotros con nuestras intenciones, nuestra historia y nuestros intereses quienes lo hemos hecho, y atribuir las responsabilidades y el odio que corresponda a los hechos. Solo así seremos capaces de comprender nuestra historia. Y solo así seremos capaces de reconocer que podemos hacerlo mejor. A nuestro entender, esta es la única visión que trae consigo algún ápice de optimismo, incluso en épocas en las que los maderos aguardan detrás de la puerta.

En comparación con épocas pasadas, es evidente que el cartel blanco de la asamblea Autonome Antifa pone de manifiesto un gran avance en lo que respecta a la presentación del producto. También en lo que respecta a la fundamentación teórica. El «Fuera, cerdos pequeñoburgueses, somos todos albaneses» de entonces va acompañado ahora del profético «El racismo baja los sueldos». Los odiosos «pequeñoburgueses» pasan a concebirse como parte de la historia de la lucha de clases griega. Donde desgraciadamente se aprecia poco avance es en lo que respecta a la cuestión en sí, que es lo que más cuenta en muchos sentidos.

Por lo demás, es normal que se sigan atacando ideas como estas. Lo menos que pueden hacer quienes aspiran a guiar rebaños es molestarse cuando alguien sugiere que las ovejas tienen conciencia y responsabilidad. Hasta que llegue el día de la matanza, los pastores siempre van a preferir mimarlas. Pero como aquí no hablamos para las ovejas, sino para sujetos históricos, los mimos tienen al final consecuencias muy graves. Partiendo de la idea de que nos encontramos ante gente manipulada con la que hay que ser comprensivos (sobre todo ahora que nos los imaginamos preguntándonos con su mirada inocente un leninista «qué hacer»), es imposible reconocer la historia como conflicto entre sujetos o el conflicto entre sujetos como historia. Así es cómo se acaba creyendo que el estallido de «la revolución» está permanentemente a la vuelta de la esquina. ¡Porque sí! Como si fuera a llegar igual que el despertar de un mal sueño. Desde esta perspectiva, no se alcanza a ver ni las dimensiones del agujero en el que nos hundimos día tras día ni la cantidad de trabajo que tiene por delante la clase trabajadora.

Este tipo de puntos de vista deberían producir hoy en día un desconcierto tremendo, aunque mucho nos tememos que se ha perdido todo contacto con la realidad. Después de haberse pasado los días esperando el «inmediato levantamiento del pueblo», después de anunciar la inminente ocupación del parlamento, después de aplazar el levantamiento para septiembre y después de que la central sindical mayoritaria (GSEE en sus siglas en griego) se haya negado a convocar siquiera el típico paro de un día revelando sin querer las enormes debilidades organizativas de la clase trabajadora griega, los enemigos del cartel blanco se ven obligados a esperar al próximo arrebato de inspiración social espontánea. Dentro de poco, quién sabe, volverán a descubrir las ocupaciones estudiantiles en universidades e institutos, a «la juventud que nos muestra el camino», o la próxima convocatoria de huelga de la GSEE, cuando tengan a bien los sindicalistas históricos. Más valdría que todos ellos, en vez de preocuparse por los carteles de grupos políticos marginales, se enfrentaran a las lagunas de sus planteamientos, vacíos porque ellos mismos han hecho todo lo posible por desterrar de su interior toda subjetividad.


Aparecido en: Antifa. Guerra contra el miedo, n.º 19, noviembre de 2010.

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