Información, memoria y guerra mundial en Siria

1. Información. Los terroristas islamistas y sus enemigos

Hace tres años y pico, un cuerpo de marines estadounidenses borró de nuestras pantallas el conjunto de píxeles que habíamos aprendido a reconocer como Osama Bin Laden. En esta revista, recibimos la noticia de la siguiente manera:

En el momento de su tan simbólico exterminio, Bin Laden y su organización estaban ya fiambres. Primero, porque en el interior de las «democracias occidentales» la gran patraña del «terrorismo islamista» ha calado ya tanto que se ha convertido en una categoría en la que cabe cualquier cosa. Basta con que el gran dedo índice del estado señale a la amplia categoría «morenos peligrosos» para que las masas concentren todas sus fobias y obsesiones. Segundo porque, aunque en el exterior dicha gran patraña haya demostrado ser más que suficiente para poner en marcha a toda velocidad el plan Afpak y desarrollarlo durante diez años, puede resultar un pelín insuficiente si se piensa en el futuro de la guerra y de las futuras «amenazas» que sin duda habrán de descubrirse.

Tres años más tarde, esta vieja observación se confirma día tras día. En las pantallas de nuestros televisores, las imágenes luchan unas contra otras. El guión está a la altura de un Godzilla contra Transformers. Los telespectadores participan del espectáculo tal y como se espera de ellos: ojos como platos, bocas abiertas, mentes en estado de hibernación. En pocas palabras, todo va como la seda. La «guerra contra el Estado Islámico» es la última versión de lo que  Paul Virilio llama «guerra informativa» : una forma de conflicto en el que «la superioridad en el terreno de la información es más importante que la capacidad de infligir daño».[1]

Un ejemplo de lo que significa «superioridad en el terreno de la información». ¿Cuántos estados incluye la «alianza de diez países contra el Estado Islámico» establecida a principios de junio? Ya desde el título, los periodistas nos dicen que diez. Y los enumeran: EE. UU., Reino Unido, Francia, Alemania, Canadá, Australia, Turquía, Italia, Polonia y Dinamarca.[2] Poco después, nos enteramos de que todos estos no han ido solos a enfrentarse a la fuerza colosal de los yihadistas este verano. Con ellos, de una u otra forma, han participado Irán, lo que queda de Iraq, Nueva Zelanda, Grecia (volveremos aquí en la nota al pie 13), Israel, Hezbolá, las dictaduras del golfo Pérsico y, si nos olvidamos de alguien, que nos perdone. Por su parte, el Estado Islámico se enfrenta a este Gcasi20 de la violencia estatal con un rapero yihadista que corta cabezas como si fueran rábanos, una viuda blanca que pone bombas y hace unos vídeos que te cagas de guapos,[3] miles de jóvenes europeos que pasan de la multiculturalidad, odian los clítoris y se dejan barba hasta la rodilla, y un «califa» que una vez vio de lejos a Bin Laden, pero que en los vídeos no se le ve bien la cara.

Bueno, pues de momento, las informaciones de nuestros patrones nos dicen que el Gcasi20 de la violencia estatal va perdiendo o que por lo menos está empatado con este aluvión de maldad yihadista. ¡Guerra informativa en todo su esplendor! Solo que Virilio, igual que todos los posmodernos, se equivocaba. La guerra informativa no es una guerra entre estados. Es la guerra de los patrones contra la clase trabajadora. Y en la guerra de los patrones contra la clase trabajadora, no cabe la menor duda de que el control de la información está en manos de los patrones y de que el «daño», al menos en el primer mundo, está todavía por llegar. Pero en paralelo a la guerra entre patrones y clase trabajadora primermundista se desarrolla otro tipo de guerra: la guerra internacional. En ella, la «capacidad de infligir daño» sigue siendo considerable. Y si la «alianza de partidarios de la intervención» no es capaz de vencer a su indescifrable enemigo, es simple y llanamente porque los «partidarios de intervenir» están ocupados infligiéndose daño los unos a los otros. O sea, ¡guerra entre estados! Con armas, escombros y cachos de carne desperdigados por ahí. Y Virilio pudo decir misa hace treinta años.

2. Memoria. Derechos humanos y armas químicas en Siria hace un año

Nuestros patrones nos han declarado la guerra informativa. Y nos llevan de calle. Aunque su victoria, al contrario de lo que dice Virilio, no se produce en el terreno de la información. Se produce en el terreno de la memoria, la organización política y la interpretación.

Memoria. ¿Se acuerda alguien, aunque sea remotamente, de lo que escribíamos en el número de octubre de 2013? Mucho nos tememos que no, así que lo vamos a recordar. El régimen de al Asad se había atrevido a utilizar armamento químico «contra su propio pueblo» y al estado griego se le habían puesto los pelos de punta. El ministro de Exteriores griego Evánguelos Veniselos se había rasgado las vestiduras y, acto seguido, nos había dicho que «tiene que haber una respuesta internacional en nombre de la justicia y de los derechos humanos».[4] El 30 y el 31 de agosto de 2013, el estado griego se reunió todas las veces que se puede uno reunir en cuarenta y ocho horas. En aquellas reuniones, participaron los ministros de Defensa, de Orden Público, de Sanidad y de Marina. También los jefes del Estado Mayor de la Defensa Nacional, del Estado Mayor del Ejército, del Estado Mayor de la Armada, del Estado Mayor de la Aviación, de la Policía Griega, de la Guardia Costera, del Cuerpo de Bomberos, así como el siempre indispensable director del Servicio Nacional de Inteligencia. Todos estos antifascistas defensores de los derechos humanos pusieron encima de la mesa planes ya existentes de gestión de la «crisis del Mediterráneo Oriental» y cerraron discutiendo una posible «propagación de la crisis con la participación de otros países de la zona».

Dicho de otro modo, el estado griego se preparaba para participar en una invasión de Siria. Una invasión que al final no se produjo porque, como nos informaba John Kerry, hablando en nombre del estado de EE. UU., «vamos a tomar nuestras propias decisiones, conforme a nuestra propia agenda y a nuestros propios intereses».[5]

Cuesta traer a la memoria todo lo que siguió a aquellas declaraciones. EE. UU. llegó a un acuerdo con Rusia y Siria para destruir «las armas químicas de al Asad». Por su parte, el estado turco, otro incondicional de la invasión, siguió lamentándose por la violación de los derechos humanos. Pero fue en vano. Tal y como se apresuraron a «desvelarnos» unos periodistas comprometidos estadounidenses, los turcos tenían las manos manchadas:

El presidente de los EE. UU. está seguro de que el ataque químico del 21 de agosto de 2013 al suburbio de Guta, en Damasco, no fue obra del régimen de al Asad, sino que fue llevado a cabo por fanáticos islamistas de la oposición bajo la batuta de los servicios secretos de Erdogan, ¡quien con esta “provocación” pretendía arrastrar a los EE. UU. a la guerra![6]

Los griegos, que son los que más nos interesan en toda esta historia, agacharon la cabeza y, de estado listo para entrar en guerra, volvieron a ser un «gobierno con diferencias internas». Concretamente, como si las reuniones no se hubieran producido nunca, como si nadie hubiera puesto el grito en el cielo por los sirios muertos, como si no hubiera pasado nada de nada, en los días siguientes nos enteramos de que en el partido conservador Nueva Democracia estaban muy enfadados con el ministro de Exteriores socialista Evánguelos Veniselos. Por su «impaciencia» y por «su interés en hacerle el juego a los EE. UU. a causa de ambiciones personales». O sea, como si dijéramos que los intereses y la estrategia del estado griego no solo dependen de lo que digan los americanos, ¡sino también de lo que diga Veniselos![7]

Por supuesto, hoy todo esto está más que olvidado. Aunque solo haya pasado un año (la memoria, que decíamos…). Pero no cabe ya duda de que nuestras suposiciones eran ciertas. Las declaraciones de Kerry («conforme a nuestra propia agenda y a nuestros propios intereses») no iban dirigidas a quienes pretendían evitar la invasión de Siria. Por el contrario, iban dirigidas a quienes estaban ansiosos por que se produjera la invasión de Siria. En otras palabras, los «aliados» de EE. UU. en la zona (Grecia, Turquía, Israel y las monarquías del golfo), querían una invasión americana de Siria mucho más que el propio estado de los EE. UU.

Naturalmente, cada uno por sus propias razones, que son contrarias entre sí. Ahora veremos algunas de ellas, las que mejor conocemos.

Iraq cuando solo estaba dividido por aire

La «zona de exclusión aérea» del norte de Iraq se mantuvo de 1991 a 2003 con fondos estadounidenses y sirvió para concentrar a la población kurda allí donde era necesaria para la futura fundación del «Kurdistán iraquí». Mientras tanto, en Grecia cantaban que «la paz en el Egeo pasa por las montañas del Kurdistán» y todo el mundo era feliz. Observando el mapa, se pueden apreciar las «zonas regidas por la democracia directa» que hay al otro lado de la frontera sur de Turquía y es posible hacerse una idea de las ganas que el estado turco tiene de que haya kurdos armados cruzándola democráticamente hacia (y sobre todo desde) Siria.

3. Guerra local

a. EE. UU.

El estado de los EE. UU. ambiciona la creación de un estado kurdo al sur de Turquía. La creación de este estado forma parte de una estrategia estadounidense más amplia para el siglo XXI. Esta estrategia consiste en sembrar el caos a lo largo del cinturón que rodea por el sur a Rusia y sobre todo a China, de modo que ninguno de estos dos países pueda concentrar nunca ni los recursos ni las posiciones estratégicas necesarias para cuestionar la hegemonía estadounidense en los océanos de todo el planeta. EE. UU. espera que este estado kurdo haga el papel de isla filoestadounidense en un mar de caos.

EE. UU. lleva rumiando la cuestión kurda desde la primera guerra del Golfo en 1991. Entonces, los kurdos del norte de Iraq se habían levantado contra el estado iraquí con la esperanza de que la invasión estadounidense significara la disolución de Iraq y la tan ansiada fundación de un estado kurdo. Pero EE. UU. tenía otros planes; se retiró de la zona y dejó hacer a Sadam. Y Sadam hizo y deshizo en contra de los kurdos, aunque por poco tiempo. Porque, pese a abandonarlos temporalmente, EE. UU. no se olvidó de sentar las bases para el futuro. La zona de exclusión aérea que impuso en el norte de Iraq formaba parte de una operación que llevaba el ambiguo nombre de «Provide confort». Aquella operación para «proteger a la perseguida minoría kurda», utilizaba de forma permanente cincuenta aviones y dos mil tropas y duró doce años consecutivos durante los cuales se realizaron «más de 200 000 misiones aéreas». Evidentemente, esta anulación de la «soberanía nacional» iraquí concentró en una zona concreta del norte de Iraq a la dispersa población kurda y proporcionó unas bases firmes a la independencia de la élite kurda.[8]

Con semejantes precedentes, estaba claro que la invasión estadounidense de Iraq de 2003 iba a poner mucha atención en crear un «Kurdistán iraquí». Nosotros, por supuesto, no nos hemos enterado de nada por culpa de la guerra informativa de la que hablábamos, pero de cuando en cuando, aunque sea de manera indirecta, llega alguna que otra cosilla. He aquí, por ejemplo, cómo comienza una entrevista reciente que tenemos que agradecerle a Petros Papaconstandinu, periodista comprometido, corresponsal en el Kurdistán iraquí y, ante todo, patriota de izquierdas:

MISIÓN – IRAQ. Nacido en Nueva Jersey y graduado en la academia militar de West Point, el coronel Harry Schute aterrizó en Iraq con la guerra de 2003 y llegó a ser jefe de las fuerzas estadounidenses en el Kurdistán iraquí. Retirado ya, es el principal asesor del gobierno kurdo en materia de defensa. El jueves anterior, nos lo encontramos en el ministerio del Interior [del Kurdistán iraquí] cuando salía de una reunión del ejecutivo sobre temas de seguridad. En el ojal de la chaqueta, llevaba las banderas kurda y estadounidense. Tres días después, tuvimos la oportunidad de conversar con él con más tranquilidad acerca de las dramáticas novedades vividas en la región.[9]

¡Los zapatistas de Oriente Medio!

Para defender el sistema democrático de Rojava.
Para impedir que el mecanismo criminal del Estado Islámico siga asesinando.
¡LLAMAMOS a todo el pueblo a demostrar su apoyo y su solidaridad con Rojava! Hoy, lunes 13/10 a las 17:00 en los Propileos de la Universidad.

¡Lo más llamativo de todo esto es el profundo conocimiento de la situación internacional que demuestran las juventudes del Syriza! En serio, ¿quién había oído hablar del «sistema democrático de Rojava»? Pues los estudiantes del Syriza, que escuchan mucho; sus secretarios de formación, que leen mucho; y el ministerio de Exteriores griego, que escribe lo que leen, escuchan y dicen todos ellos.

Queda clara la idea, ¿no? ¡Mientras que todo dios arremete contra la estabilidad laboral del sector público, en la administración estadounidense sigue habiendo plazas intocables! Como, por ejemplo, la de jefe militar estadounidense en el norte de Iraq. No será la única, claro está. Lo fundamental, en cualquier caso, es lo siguiente: la fragmentación del estado iraquí y la creación del Kurdistán llevan trabajándose desde 1991 y, con los años, han pasado, de posibilidad real, a ser una estrategia concreta. En 2003, EE. UU. invadió Iraq con el fin último de dividir el país en tres regiones que se correspondieran a grandes rasgos con el reparto geográfico de suníes, chiíes y kurdos. La financiación saudí y estadounidense de las facciones suníes adecuadas con el objetivo de provocar la guerra civil en Iraq se ha llevado a cabo, desde 2011, en paralelo a la guerra civil siria y ha tenido como resultado la aparición del Estado Islámico. Por mucho que nos lo hayan servido de repente este verano como si hubiera salido de la nada, el Estado Islámico es el estadio organizativo actual de la guerra civil de Iraq. Al mismo tiempo, la élite kurda del norte de Iraq, también parte implicada en la guerra civil iraquí y también con un pasado, ha utilizado la aparición del Estado Islámico para presentarse al mundo como estado con fuerzas armadas y con petróleo; con gobierno y con aliados. Lógico, pues, como nos informa Papaconstandinu, la élite kurda del norte de Iraq tiene asesores permanentes muy capaces, sobre todo en materia de defensa.

Desde que Lenin escribiera Imperialismo, las relaciones internacionales se han convertido en un juego de suma cero. Esto es, un juego que no puede tener soluciones radicales que contenten a todo el mundo. Lo que nos lleva al caso del estado turco.

b. Turquía

El estado turco no ambiciona la creación de ningún estado kurdo al sur de su frontera. Esto es, evidentemente, un eufemismo. Podría decirse mejor que el estado turco preferiría tener al sur de sus fronteras a la Alemania de Adolf Hitler o a unos invasores extraterrestres con armas de protones. El estado turco son los restos del imperio Otomano: un mosaico de nacionalidades e intereses con una población de ochenta millones de habitantes. Para el estado turco, la disolución es siempre una perspectiva probable y es precisamente esta posibilidad de disolución inminente la que le ha dado una forma de dictadura más o menos continuada. La tendencia separatista más fuerte a la que se enfrenta es la que proviene del sector kurdo de su población. Este sector kurdo ha constituido y ha dado su apoyo a un movimiento armado (HPG, ala militar del PKK) que, pese a los intentos de la maquinaria militar turca, actúa desde hace décadas. Pero la sorprendente resistencia en el tiempo del movimiento armado kurdo no se explica simplemente gracias al apoyo que le brindan los veinte millones de kurdos ni al refugio que proporcionan las montañas de la península de Anatolia. Se debe al hecho de que, tradicionalmente, el movimiento armado kurdo recibe el apoyo de todo aquel enemigo exterior del estado turco que considera que existe una posibilidad de fragmentación de Turquía.

Por lo tanto, para el estado turco la existencia de un estado kurdo es una amenaza existencial. En 2003, Turquía se opuso a la invasión estadounidense de Iraq con todos los medios de que disponía porque sabía perfectamente que aquella invasión iba a conducir, de una u otra forma, a la fundación de algún tipo de Kurdistán. Pero fracasó en el intento. Haciendo de la necesidad virtud, el estado turco trató de mantener «buenas relaciones» con el Kurdistán iraquí en los años que siguieron a la invasión americana. Independientemente de que de vez en cuando las buenas relaciones se convirtieran en incursiones militares turcas en el norte de Iraq (2007 y 2011) o en duras persecuciones de la población kurda que vive dentro de su territorio.[10]

La incursión turca en el norte de Iraq de 2007 fue particularmente violenta y las amenazas de bombardeos estadounidenses si las fuerzas turcas no se retiraban llegaron a los periódicos. Pero la invasión de 2011 fue más estratégica todavía. La insurrección siria y la guerra civil que estalló a continuación ya habían hecho saltar todas las alarmas del ministerio de Exteriores turco. Los kurdos que poblaban la frontera con Siria empezaron a recibir armamento de fuentes no tan claras, su relación con el PKK se empezó a fortalecer y empezaron a montar su propio «estado». Pero si Turquía ha tenido que tragar con un «Kurdistán iraquí» de facto, no está en absoluto dispuesta a comerse este nuevo marrón.

Así que, cuando en otoño de 2013 el estado turco ansiaba una invasión estadounidense de Siria, tenía en mente los proyectos que escuchamos cada vez con más claridad de boca de sus autoridades: la creación de una «zona neutral» en el norte de Siria. Es decir, la ocupación militar indefinida de las regiones kurdas y el desarme de los kurdos que viven en ellas. Al mismo tiempo, la creación de una zona de exclusión aérea cuyo control esté, naturalmente, en manos del estado turco. El caso de la ciudad de Kobane es tremendamente ilustrativo. Pensemos. ¿Qué iba a preferir cualquier estado que tenga un mínimo de respeto por sí mismo? ¿Kurdos armados que se ven reforzados con población y armamento procedente del extranjero? O ¿refugiados kurdos, víctimas de una «catástrofe humanitaria», encerrados en campos de concentración y ONG musulmanas llevándoles sopa? El estado turco es un estado capitalista que se respeta a sí mismo y, como tal, prefiere lo segundo. Y no solo en Kobane, sino a lo largo de toda su frontera con Siria.

El anillo de contención y sus habitantes

Argelia, Túnez, Mali, Nigeria, Chad, Libia, Egipto, Siria, Rusia, Somalia, Yemen, Iraq, Afganistán, Pakistán, India, Bangladesh, Myanmar, Indonesia, Filipinas. La expansión del «islam yihadista» coincide justo con esa cosa que en los manuales de geopolítica se conoce como «anillo de contención». ¿A alguien le extraña? No, pero nos han dicho que metamos fotos de vez en cuando porque la gente se aburre con tanto texto. En cuanto haya ocasión, ponemos un mapa con la propagación del ébola…

Al estado turco no le faltan los problemas. Por un lado, EE. UU. no parece muy dispuesto a abandonar a su suerte a los kurdos de Siria. Por otro, si el Estado Islámico fracasa contra los kurdos, va a tener que preparar algún tipo de «intervención humanitaria», por más que el mundo entero lo tenga ya más que calado. Más aún, la intervención en el exterior irá inevitablemente acompañada de una aceleración insoportable de las tendencias centrífugas que alberga en su interior. Ya ha tenido que enfrentarse a una amplia insurrección kurda en su intento por llevar a cabo su piadosa agenda. Experimentado en esas lides, el estado turco ha conseguido quitarse de en medio a 35 personas y dejar miles de heridos en menos de una semana (récord al lado del cual las protestas de la plaza Taksim son juegos de niños; otra cosa es que no le haya importado a nadie en el extranjero porque los kurdos de Turquía no saben escribir en inglés en Facebook). En cualquier caso, Selahattin Demirtas, presidente del partido filokurdo HDP, no entiende por qué tienen que suceder desgracias de este tipo. Como señala, «ni su partido ni los kurdos que han salido hace poco a las calles en Turquía estaban pidiéndole al gobierno turco que mandara el ejército a Siria para proteger Kobane del Estado Islámico». Por el contrario: «lo que le hemos dicho [al gobierno de Ankara] era que hay decenas de miles de personas [en Turquía] dispuestas a ir a luchar. Abran las fronteras para que puedan hacerlo».[11]

¡El problema del estado turco en diez palabras! ¡Qué más podía pedir cualquier estado capitalista que albergar en su territorio a decenas de miles de «personas» dispuestas a ir a luchar contra otro, bajo la dirección de un tercero y con armas que les ha proporcionado un cuarto! Y cuando vuelvan armados a Turquía, se les pide por favor que entreguen las armas, se venden en el mercado negro para equilibrar la balanza comercial ¡y santas pascuas!

Lo más curioso de todo: es posible que algunas de estas armas lleven el sello «Made in Greece».

c. Nuestros bastardos

El interés que el estado griego siente por la cuestión del Kurdistán es desmedido y constante. A lo largo de los noventa, mientras la aviación estadounidense estaba ocupada imponiendo la zona de exclusión aérea que decíamos antes sobre el norte de Iraq, el estado griego siguió al pie de la letra la estrategia expresada en la consigna «La paz en el Egeo pasa por las montañas del Kurdistán» (o lo que es lo mismo: «Ayudemos a los kurdos a desestabilizar Turquía para así poder hacernos con el control del Egeo»). El estado griego veía los movimientos americanos en Iraq, entendía que la disolución de Turquía era una posibilidad real y hacía todo lo que estaba en su mano para favorecerla. Pero a finales de los noventa, el movimiento armado kurdo perdió el apoyo y la simpatía internacional por motivos que seguimos sin entender bien (¿quizá por sus diferencias con la élite kurda del norte de Iraq?). En cualquier caso, el líder del PKK, Abdullah Ocalan, perseguido por todas partes, se subió a un avión con destino a Eurasia y en el último momento encontró refugio al amparo de sus protectores griegos. (Por cierto que los protectores griegos de Ocalan eran más o menos los mismos cabrones que hoy componen el consejo de ministros griego, solo que por aquel entonces estaban más metidos en el rollo paramilitar y se hacían llamar «Red 21» y demás historias patrióticas). El caso es que al final triunfó el realismo y fueron los mismos fervientes protectores del movimiento armado kurdo quienes entregaron al héroe Ocalan al implacable estado turco. La derrota fue extraordinariamente simbólica.

Pero la historia da muchas vueltas. La estrategia griega del Mediterráneo oriental resucitó en 2009 bajo los nombres en clave «zona económica exclusiva», «petróleo en Chipre» y «alianza con Israel». En líneas generales, sigue intacta: crear una zona marítima de exclusión del estado turco a través de las alianzas adecuadas y presionar al estado turco apoyando por todos los medios a toda tendencia separatista interna. En esta última ocasión, el estado griego consideraba que tenía unas cuantas bazas más que el turco. Concretamente, que, a diferencia de las veces anteriores, el panorama de las rivalidades internacionales iba a serle favorable por fin.

Cuatro años más tarde, en otoño de 2013, los griegos oían hablar de invasión estadounidense de Siria y daban saltos. Porque contaban con que Turquía no iba a poder quedarse de brazos cruzados y tendría que llevar a cabo acciones que fortalecerían inevitablemente sus tendencias separatistas y la conducirían a un enfrentamiento con EE. UU. Contaban con que ellos participarían como aliado sincero de EE. UU. en una región en la que los aliados sinceros escasean. Contaban, por último, con que su participación en la guerra les ayudaría a superar la crisis económica con la misma fórmula de toda la vida, a saber, vender sus servicios al vencedor. Por supuesto, cuanta más sangre, cuanto más dolor, cuanta más guerra, más superación de la crisis. Como vemos, la «participación de otros países de la región» a la que se referían los mandatarios griegos los dos últimos días de agosto de 2013 no era una perspectiva nada desalentadora; desde el punto de vista del estado griego venía como caída del cielo.

La encarnación del mal

Y en el mes de junio, de las profundidades del infierno, salen todos estos. ¿Cómo van a darles para el pelo veinte pobres estados? ¡Si están locos perdidos!

Hoy, en otoño de 2014, la invasión de Siria ha pasado a llamarse «lucha contra el Estado Islámico». En realidad, se trata de la misma cosa, es decir, de apoyar a EE. UU. en la guerra mundial y de enfrentarse a Turquía en la guerra local. Hoy, los griegos están dos veces más dispuestos a participar en ella que el año pasado. En efecto, las cosas van mejor en lo que respecta a la guerra informativa de la que hablaba Virilio. No se trata ya de civiles sirios y armas químicas, sino de echar pestes de los horribles yihadistas y de defender a las milicias del PYD, aunque nadie tenga ni idea de qué coño son. Menos mal que todavía hay quien nos puede sacar de nuestra ignorancia. Como nos informa de nuevo Petros Papaconstandinu, quien se ha convertido en un experto en la materia gracias a los servicios prestados en los noventa, el PYD es:

… una fuerza de izquierdas que mantiene estrechas relaciones con el PKK de Abdullah Ocalan en la vecina Turquía, aunque desde un punto de vista ideológico se encuentre más cerca de los zapatistas mexicanos que de Lenin o Mao. Su objetivo no es separarse de Siria, sino la creación de una zona regida por la democracia directa…[12]

Y así es como los zorros de los periodistas comprometidos y, con ellos, toda Grecia mezclan alegremente al coronel Harry Schute con el subcomandante Marcos. Mientras tanto, el estado griego, en su esfuerzo por contribuir a la creación de una «zona regida por la democracia directa», declaró su «apoyo político a la alianza internacional en contra del Estado Islámico» y mandó un barco lleno de munición a los kurdos de Iraq. Pero que nadie se preocupe. Se trata simplemente de munición para fusiles Kalashnikov, requisada después de interceptar un barco en el Egeo. ¡Ahora que nos la hemos quitado de encima, su almacenamiento dejará de ser una carga para las arcas del estado![13]

El barco interceptado en el Egeo en otoño de 2013 transportaba munición procedente de Transnistria, es decir, de la industria armamentística rusa, y su destino era Siria. Con este inesperado cambio de destino del cargamento, el estado griego puede presumir ante amigos y enemigos de lo que significa tener el control del Egeo y de los estrechos del Bósforo. Otro dato positivo es que en el barco no solo había munición, también iban 20 000 kalashnikov, que como todo el mundo sabe es el arma del pobre, del guerrillero y del zapatista. Y de esos, como ya hemos visto, en el interior de Turquía hay «decenas de miles dispuestos a luchar». Por lo tanto, el estado griego puede tener esperanzas fundadas de que todas esas armas van a volverse en contra del ejército turco en algún momento. ¡Dios proveerá!, piensan los griegos y se dejan de preocupaciones.

4. Guerra mundial

En las líneas anteriores, hemos descrito cómo en agosto de 2013 tres estados «aliados» parecían querer lo mismo cuando en realidad tenían en mente cosas completamente distintas. Hemos descrito cómo fingen luchar contra un tercero cuando en realidad luchan entre sí. Es posible empezar a hacerse una idea de lo que se está viviendo ahora mismo en Siria si se piensa en la misma situación ampliada por la participación de veinte o treinta estados y entidades estatales.

Por lo que respecta a la guerra entre estados, la mayor de las mentiras con la que los habitantes del primer mundo se empeñan en seguir viviendo es que existen bloques de poder enfrentados. La guerra informativa se ha encargado de sustituir las facilidades mentales que ofrecían «guerra fría» y «globalización» (ese terreno firme y tranquilizador de donde partían todas las discusiones al respecto) por la lucha entre «Occidente» y su supesta antítesis, la gran patraña del «islam yihadista». Pero en realidad el estado actual de las rivalidades internacionales es mucho más complejo y mucho más parecido al que describe Eric Hobsbawm al final de La era del imperio, poco antes de que comenzara la primera guerra mundial:

La división de Europa en dos bloques hostiles necesitó casi un cuarto de siglo desde la formación de la Triple Alianza (1882) hasta la constitución definitiva de la Triple Entente (1907). No es necesario analizar el proceso ni los acontecimientos posteriores en todos sus detalles laberínticos. Simplemente, ponen de manifiesto que en el período del imperialismo las fricciones internacionales eran globales y endémicas, que nadie —y menos que nadie los británicos— sabía hacia dónde conducían los intereses, temores y ambiciones encontrados de las diferentes potencias, y aunque reinaba un sentimiento general de que llevaban a Europa hacia una guerra de grandes dimensiones, ningún gobierno sabía muy bien qué hacer al respecto. […] el continente se deslizó de forma incontrolable hacia la guerra, a través de una serie de crisis internacionales que, desde 1905, se solucionaban, cada vez más, por medio de la amenaza de la guerra.[14]

«No es necesario analizar el proceso ni los acontecimientos posteriores en todos sus detalles laberínticos». De este modo, Hobsbawm evita consignar páginas y más páginas de hostilidades como las que acabamos de referir. De este modo, evita describir veinticinco años de guerra todos contra todos. Por lo que respecta a la actualidad de la descripción… ¿Queréis serie de crisis internacionales? La hay. ¿Fricciones internacionales globales? Las hay. ¿Cuarto de siglo? Lo hay. ¿Sentimiento general de que nos encaminamos a una guerra de grandes dimensiones? También. O no. Dependiendo de a quién le hagamos caso, si a los distintos ministerios de Exteriores o a los majaras de los nuevos medios de comunicación interactivos surgidos de la derrota de la clase trabajadora.

En cualquier caso, el estado griego aunque muchas veces parezca que no tiene ni idea de hacia dónde va, en algún momento (probablemente en 1999) apuntaló de una vez por todas el «sentimiento general de que nos encaminamos a una guerra de grandes dimensiones». E hizo lo que hacen todos los estados en ocasiones así. Observó las rivalidades internacionales, intentó adelantarse a los enfrentamientos y pronosticar un ganador. Esperó a que la crisis le pusiera la soga al cuello. Luego, sin tapujos de ninguna clase, sacó del armario sus intereses, sus temores y sus ambiciones, es decir, la estrategia del Mediterráneo oriental y su eterna orientación antiturca y se puso a estudiar con qué otros «intereses, temores y ambiciones» iban más acordes. Desde entonces, su forma de proceder es más concreta. Después de poner encima de la mesa el tema de la zona económica exclusiva, después de su alianza con Israel, después de su participación en la guerra de Libia, después de tratar de vender sus servicios sin éxito en la casi invasión de Siria de 2013, el estado griego vende munición (y sabe dios qué más) con la esperanza de desestabilizar a Turquía. Su último movimiento (aparte de contribuir a la creación de la «zona regida por la democracia directa» de los zapatistas de Oriente Medio) ha sido el acercamiento a la dictadura militar egipcia en plan: «Tú Suez y yo el Egeo. Montamos una zona económica exclusiva y les vendemos a los americanos un cordón de bloqueo marítimo, que seguro que les va a hacer falta».

Mientras que todo esto sucede, los círculos antiautoritarios griegos demuestran estar tan bien informados que no tienen ni idea de nada. Tan pegados en historia que van detrás de las mismas pamplinas trilladas que sirven tanto a la extrema izquierda como a la extrema derecha sobre luchadores libertarios kurdos a los que tenemos que apoyar de la mano del estado griego. Tan egresados del sistema educativo griego como para tragarse el mismo cuento grotesco que nos cuentan desde primero de primaria: que el estado griego no ha iniciado nunca una guerra ofensiva. Cuanto más avanza la historia, nuestras debilidades saltan a la vista como más insalvables. Sin embargo, está bien claro qué es lo que necesitamos: un movimiento antibelicista de verdad, o sea, un movimiento antibelicista en contra del estado griego. Un movimiento que sepa comprender los intereses, los temores y las ambiciones del estado griego y encontrar formas de oponerse a ellos. Nada es más difícil y nada es más necesario en un país en el que la cosmogonía básica de sus habitantes la ha fabricado la izquierda; una cosmogonía sobre la que se puede leer en letras mayúsculas la palabra DEPENDENCIA.


[1] Paul Virilio: Pure War, Semiotext(e), 2008 (1.ª ed. de 1983).

[2] «Coalición de diez países partidarios de la intervención contra el Estado Islámico», Cacimeriní, 9/6/2014. Cuatro meses después, los diez se han convertido en veintiuno: «Reunión de generales de 21 estados para la lucha contra el Estado Islámico», Cacimeriní, 15/10/2014.

[3] «White widow Samantha Lewthwaite training Isis suicide bombers in Syria», IB Times, 29/9/2014.

[4] «Veniselos pide una intervención en Siria», Elefcerotipía, 29/8/2013.

[5] «EE. UU.: “Tenemos pruebas de que se ha utilizado armamento químico”», Cacimeriní, 31/8/2013.

[6] «Juegos de Erdogan con las armas químicas de Siria», Cacimeriní, 8/4/2014. Contiene fragmentos de conversación entre Erdogan y Obama en la Casa Blanca.

[7] «El ministerio de Exteriores ha desenterrado el hacha de guerra», Elefcerotipía, 2/9/2013.

[8] Ver artículo «Iraqi no-fly zones» de la Wikipedia inglesa. Tal y como decíamos, la información está por todos lados, lo difícil es interpretarla.

[9] «¿Por qué no un estado independiente kurdo?», Cacimeriní, 26/8/2014. Firmado por Petros Papaconstandinu. En él, entendemos la diferencia entre el periodista comprometido y el no comprometido: al comprometido, Harry Schute le habla; al no comprometido lo fríe a balazos.

[10] «El ejército turco en el norte de Iraq», Cacimeriní, 21/10/2011.

[11] «Bombas en el proceso de paz entre Ankara y el PKK», Cacimeriní, 15/10/2014.

[12] «Kobane, la Guernica de los kurdos», Cacimeriní, 12/10/2014. Firmado por Petros Papaconstandinu.

[13] «Atenas envía armamento a los kurdos de Iraq», To vima, 24/9/2014. La gracia es que todos los reportajes microscópicos relativos al envío de armamento a los kurdos señalaban que «pocos días antes del envío» el estado griego había declarado su «apoyo político» a la alianza antiyihadista. Si alguien es capaz de encontrar alguna referencia a este apoyo en la prensa griega de los días anteriores, que nos lo diga.

[14] Εric Hobsbawm: La era del imperio, 1875-1914, trad. de Juan Faci Lacasta, Crítica, 6.º ed., 2007, p. 329.


Aparecido en: Antifa. Guerra contra el miedo, n.º 43, octubre de 2014.

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