George Caffentzis en Oriente Medio

1. El petróleo y la teoría del tubo

En el número anterior, mientras refunfuñábamos por lo insatisfactorias que son las explicaciones sobre las guerras estadounidenses en Oriente Medio y Asia Central, tuvimos una salida que no llegamos a aclarar: «las “explicaciones petrolíferas” son para la izquierda antiimperialista y no aguantan ni la más mínima confrontación con el sentido común». Así, de un golpe, además de dejar clara la gran ventaja de escribir en publicaciones marginales (dices lo que te da la gana y no tienes que darle explicaciones a nadie), iniciamos una discusión que a nuestro parecer es interesante.

Es posible que la idea según la cual «la guerra [de Bush] fue por el petróleo» esté muy extendida, pero es tremendamente imprecisa. Nadie ha hecho nunca el esfuerzo de explicar qué quiere decir «por el petróleo». Sin embargo, nos da la impresión de que no vamos a ser injustos con la izquierda antiimperialista griega si lo interpretamos de la siguiente forma: la frase «la guerra [de Bush] fue por el petróleo» quiere decir que o Bush personalmente o alguien que trabaja para Bush se ha propuesto colocar en Iraq y Afganistán un tubo gigante por el que el capital estadounidense pueda robarle el petróleo al pueblo iraquí y afgano tranquilamente y a bajo coste.

¿Somos injustos con la izquierda antiimperialista griega? ¿Banalizamos sus ideas con la interpretación del tubo? No lo creemos. Lo que la sabiduría de la izquierda tiene en mente cada vez que escupe su frase favorita no es más que un tubo que absorbe petróleo. Pero por desgracia la teoría del tubo tiene sus problemillas. Primer problemilla: como todo el mundo sabe, Afganistán es la primera operación militar estadounidense en Asia Central, una operación que ya estaba preparada antes de que cayeran las Torres Gemelas y que lleva desarrollándose más de diez años. La cuestión es que Afganistán no tiene la suerte de disponer de petróleo.[1] ¿A qué tanta degollina entonces?

Segundo problemilla: como es bien conocido, en Iraq, donde tiene lugar la segunda «guerra de Bush», hay «petróleo», solo que con el petróleo de Iraq pasa justo lo contrario de lo que prevé la teoría del tubo. Es decir, doce años antes de la invasión de 2003, el estado de EE. UU. se ocupó de poner todo ese petróleo fuera de circulación. Desde la imposición del embargo sobre Iraq en 1990, el petróleo iraquí solo podía cambiarse por alimentos y medicinas en el mercado internacional. Y desde 2003, a medida que el conflicto y los intentos de provocar una guerra civil avanzaban, cesó hasta ese pequeño flujo de crudo iraquí. Los efectos en el precio del petróleo son los mismos que todos notamos en el bolsillo y que señalan los siguientes diagramas.

Diagrama 1: el precio del petróleo de 1971 a 2008.

El diagrama 1 es especialmente revelador. En él, podemos ver los dos picos alcanzados por el precio del crudo durante la primera y la segunda crisis del petróleo (de 1973 a 1979 y de 1980 a 1985 respectivamente). A partir de la segunda crisis, el precio del petróleo se estabiliza en unos niveles que pocos años antes se consideraban «niveles de crisis», con la excepción de la subida correspondiente a la primera guerra del golfo en 1991. Es curioso que la inauguración de la siguiente trayectoria alcista del precio del petróleo coincida con la invasión estadounidense de los Balcanes en 1999, ya que, como todo el mundo sabe, allí tampoco hay petróleo. Como vemos en el diagrama 2, la vertiginosa subida del precio del petróleo desde 2001 (un 433 % en dólares y un 281 % en euros) coincide justo con la «guerra contra el terrorismo». Hoy, el precio del crudo está a niveles estratosféricos comparados con los de la segunda crisis.

Diagrama 2: el precio del petróleo de 2001 a 2012.

Así que, sin ánimo de ofender, pero empieza a estar bastante claro que la teoría del tubo es un camelo. ¿Dónde está el petróleo barato que tendría que estar absorbiendo el capitalismo estadounidense? ¿Dónde está la tubería que tendría que estar regando de petróleo la insaciable industria estadounidense? En ningún lado. Por el contrario, si algo ha conseguido EE. UU. en los más de diez años que lleva haciendo la guerra en Oriente Medio y Asia Central es que el precio del petróleo se dispare hasta cotas nunca vistas. Por tanto, el capitalismo estadounidense no solo no encuentra petróleo gratis, sino que, por culpa de las guerras que monta su estado, cada vez tiene que pagar más por cada preciado barril.

Así que, si queremos hablar de los aspectos petroleros de la estrategia estadounidense desde 2001, hay que encontrar algo más inteligente que decir que la teoría del tubo. Como decíamos en el número anterior, es para la izquierda antiimperialista griega y, como acabamos de demostrar, no aguanta ni la más mínima confrontación con el sentido común.

2. El petróleo y la teoría de George Caffentzis

En cualquier caso, la parte izquierda del diagrama 1 es tan interesante como la derecha. Nos muestra que, efectivamente, hubo una época en la que el petróleo de Oriente Medio estaba tirado de precio y daba de comer generosamente a las máquinas del capitalismo occidental. Esa época era la época en la que reinaba el modelo keynesiano, cuando toda la sociedad capitalista estadounidense se organizaba alrededor de la cadena de montaje (el lugar de producción capitalista) y el hogar familiar (el lugar de reproducción de la fuerza de trabajo). Este periodo, los «años dorados» del desarrollo capitalista posterior a la segunda guerra mundial, duró tres décadas. Como se aprecia en el diagrama 2, tocó a su fin en 1973. Ya en 1980, George Caffentzis, quizá el último intelectual de la autonomía que dijo algo útil sobre el sistema capitalista, intentó explicar la primera crisis del petróleo.[2] No podemos reproducir aquí todas las cosas interesantes que dijo en aquel momento, pero sí que podemos apuntar una serie de puntos claves. Según Caffentzis, pues, la de los setenta fue una década a lo largo de la cual se produjo una ofensiva cada vez más consciente de los patrones contra la clase trabajadora. Al mismo tiempo, fue la década que marcó el final del modelo keynesiano. No solo en EE. UU., sino en todo el primer mundo, la clase burguesa abandonó el modelo de producción construido alrededor de la cadena de montaje y el hogar familiar. La razón de este abandono no fue ninguna «gran idea». Tampoco lo fue el «descubrimiento» de un modelo de explotación más eficaz, su aplicación y su posterior imposición según las leyes del darwinismo. El motivo del abandono de este modelo de producción fueron las luchas obreras del periodo inmediatamente anterior.

Por lo que respecta al petróleo y su precio, Caffentzis hizo una serie de observaciones muy interesantes:[3]

  1. La primera respuesta de los patrones a las ofensivas obreras de las décadas de los sesenta y setenta fue la liquidación del modelo de acumulación capitalista construido en torno a la cadena de montaje. Esta liquidación se llevó a cabo de dos formas. Por un lado, con una huida hacia delante en lo tecnológico, con el desarrollo de nuevos métodos de producción, con la introducción de la robótica y de los ordenadores, con la supremacía del automatismo. En otras palabras, con la configuración de modos de producción que requerían un consumo aún menor de trabajo humano en comparación con todo el volumen de capital invertido. Por otra parte, se llevó a cabo con la vuelta a métodos de producción que requerían un uso mínimo de maquinaria y una cantidad de trabajo humano enorme. El ejemplo más clásico es el del espectacular desarrollo del sector servicios, con la aparición de mil y un tipos de establecimientos de comida preparada y el crecimiento exponencial de los servicios sexuales.
  2. Sin embargo, por muy flamantes que parezcan los sectores productivos caracterizados por una «alta composición orgánica del capital» (máquinas gigantescas, superavanzadas y carísimas por un lado y consumo de trabajo humano casi nulo por otro), por más que salven a los patrones de la indisciplina de los obreros de la cadena de montaje y sus luchas, tienen un problemilla. Como en el capitalismo lo único que produce valor y plusvalía es el consumo de fuerza de trabajo, los sectores industriales de «alta composición orgánica del capital» acaban produciendo una plusvalía ínfima «por sí mismos». Es decir, que los patrones han hecho unas inversiones tremendas que no rentan en proporción a su tamaño.
  3. Empezamos a ver, por tanto, a la sociedad capitalista organizada como un árbol. Las ramas más altas son los sectores de «alta composición orgánica del capital». En ellos reina la alta tecnología, pero el valor que producen en relación con el de esta tecnología es minúsculo. Las raíces del árbol, por otra parte, son los sectores de «baja composición orgánica del capital». En ellos reina la antigua esclavitud de la «plusvalía absoluta», la extensión de la jornada laboral, la vuelta al siglo XIX. Y sin embargo, es aquí, lejos de las supermáquinas, donde se produce la gran masa de valor y plusvalía.
  4. Los patrones de los sectores de alta composición orgánica del capital tendrían que estar muy tristes, por tanto. Las inversiones que han hecho son descomunales y, sin embargo, sus ganancias son ridículas (siempre en relación a la inversión) al lado de las de sus primos pobres que explotan el trabajo en las raíces del árbol, es decir, los sectores de baja composición orgánica del capital. Pero por suerte para los capitalistas supertecnológicos, el sistema de organización social capitalista no es justo ni con los patrones. Las ganancias de cada patrón no se corresponden con la plusvalía que producen los trabajadores que tiene a su servicio, igual que el sueldo de cada trabajador no se corresponde con la cantidad de plusvalía que se extrae de su trabajo. Por el contrario, existen procesos sociales por medio de los cuales esa plusvalía se transfiere de las «raíces» a las «ramas» más altas del árbol. La conclusión es que, como muestra Marx a lo largo de la discusión sobre precios y valores, la plusvalía que se extrae de los trabajadores de los establecimientos de comida rápida y de la construcción va a parar a los bolsillos de los patrones de la industria robotizada y de los ordenadores.
  5. Y aquí, el precio del petróleo juega un papel importante. Porque el petróleo es una de las mercancías básicas del capitalismo. Eso significa que, al contrario que (por ejemplo) los relojes de cuco, el petróleo es una de las mercancías que está implicada en la producción de todas las demás mercancías. Eso, por su parte, significa que las subidas y bajadas del precio del petróleo resultan en subidas y bajadas de los precios de todas las demás mercancías. También significa que cada patrón, independientemente de a qué altura del árbol de la producción se encuentre, se ve afectado por el precio del petróleo. De esta forma es cómo llega hasta las «ramas» la plusvalía producida en las «raíces» del árbol de la producción. La subida desorbitada del precio del petróleo que acompañó a la primera crisis del petróleo fue parte esencial del mecanismo por el cual se consigue este trasvase. El petróleo y las demás mercancías energéticas básicas se venden a precios superiores a su valor y los patrones de los sectores de baja composición orgánica del capital se ven obligados a comprarlas porque para toda empresa capitalista, por muy baja que sea la composición orgánica de su capital, la energía es necesaria. Quienes venden las mercancías energéticas a precios superiores a su valor son los capitalistas de los sectores de alta composición orgánica del capital. Por lo tanto, los precios inflados de las mercancías energéticas (la primera crisis energética) funcionan como un imán (¿uno de muchos? Caffentzis no lo aclara) que atrae la plusvalía desde los sectores de baja composición orgánica del capital a los de alta composición.

3. El petróleo y la guerra

Obviamente, no nos hemos casado con las ideas que Caffentzis expresó en 1980 para explicar la crisis del petróleo. Aun así, pensamos que hay en ellas cosas con las que quedarse. También que hay reflexiones y observaciones importantes que hacer a partir de ellas.

La más útil de las idea expresadas por Caffentzis es, en nuestra opinión, la del petróleo como «mercancía básica». El hecho de que el petróleo y en general las mercancías energéticas estén implicadas en la producción de todas las demás mercancías demuestra que con el petróleo y su precio pasan muchas más cosas que las que insinúa la teoría del tubo. En vez de ser simplemente mercancías que se compran y se venden para producir ganancias, las mercancías energéticas y su precio llegan a ser herramientas para hacer política. Claro que la política de la que hablamos es una política de dimensiones mundiales. La subida o la bajada de los precios del petróleo afectan a todos los patrones del planeta de manera profunda e inevitable. Así pues, quien tenga la posibilidad de jugar con el precio del petróleo, tiene en sus manos una poderosísima herramienta con un alcance descomunal. Quizá la herramienta más poderosa que existe para hacer política en tiempos de paz. Basta con saber cómo funciona exactamente.

Y por lo que respecta al funcionamiento preciso de esta herramienta, la idea de que el aumento del precio de las mercancías energéticas actúa como un imán que atrae la plusvalía desde los sectores de baja composición orgánica del capital a los de alta composición nos parece un poco más enrevesada. Por una parte, es cierto que esta fue la idea que ayudó a Caffentzis a prever muy acertadamente que el capitalismo iba a descubrir de nuevo la esclavitud en épocas en las que, por cierto, los intelectuales de izquierda nadaban en mares de optimismo e iban por ahí anunciando pamplinas como el «fin del trabajo».[4] Nosotros, gente que por culpa de las circunstancias históricas hemos tenido que crecer en un desierto intelectual, sabemos que nunca hay que desechar las ideas que conducen a previsiones acertadas. Por otra parte, no es menos cierto que la idea de Caffentzis se basa en una lectura concreta de unos fragmentos relativamente desconocidos del tercer tomo del Capital cuya crítica ya ha hecho correr ríos de tinta y, en cualquier caso, se encuentra de momento fuera de nuestras posibilidades.

A pesar de ello y con la desfachatez que caracteriza a los redactores de publicaciones marginales, querríamos apuntar un par de cosas. En primer lugar, que la idea de Caffentzis se vuelve muy peligrosa si obviamos, como hace el mismo Caffentzis, la existencia de las burguesías nacionales y de los estados nacionales. Obviar el imperialismo y adoptar al mismo tiempo ideas como la de Caffentzis lleva a perder poco a poco el contacto con la realidad. Se empieza con delirios del tipo: «EE. UU. monta guerras en Oriente Medio por el bien del capitalismo mundial», lo siguiente es aparecer por la puerta de todas las cumbres internacionales tocando el tambor y, a partir de ahí, la cuesta abajo no tiene fin. Quien conozca la historia reciente, que aplique sus conocimientos.

En esta revista, pensamos que hoy, más incluso que cuando Caffentzis escribía sus teorías, los patrones se organizan en clases burguesas nacionales y que los estados capitalistas son las organizaciones políticas de los intereses de esas clases burguesas nacionales. Pensamos también que estos intereses están cada vez más enfrentados entre sí. Es desde este punto de vista desde donde creemos que la idea de Caffentzis puede demostrarse útil.

En segundo lugar: si el aumento del precio del petróleo funciona como un imán que atrae la plusvalía desde los sectores de baja composición orgánica del capital a los de alta composición, el aumento del precio del petróleo a nivel mundial beneficiará a aquellas clases burguesas nacionales que hagan sus trabajos con alta composición orgánica del capital y perjudicará a aquellas que los hagan con baja composición.

Observemos ahora la coyuntura actual de las rivalidades imperialistas. ¿Hay alguna clase burguesa nacional que haga sus trabajos con alta composición orgánica del capital o, en cualquier caso, con una composición orgánica del capital más alta que la de sus rivales internacionales? No lo sabemos. Pero nos parece que hay una clase burguesa nacional que puede tener esperanzas de ser la mejor preparada para dar el siguiente gran salto tecnológico y productivo. Es la clase burguesa de EE. UU., el estado en el que empezó todo lo que estamos viviendo hoy. El estado que desde la década de los setenta podía hablar de «sociedad de la información», de «revolución industrial» y de «formas de energía alternativas». El estado que desde la década de los ochenta podía hablar de usos militares de los satélites y de redes mundiales.

Para esta clase burguesa nacional, la subida del precio del petróleo podría tener dos tipos de ventajas. Primero, si es verdad lo que dice Caffentzis, el aumento del precio del petróleo podría funcionar como un imán que atrae la plusvalía que se produce en otros países hacia el capital estadounidense. Segundo, y como hipótesis mucho más segura, el aumento del precio del petróleo podría convertir en económicamente convenientes las inversiones necesarias para dar el salto tecnológico a una época postpetrolera. Porque cuanto más caro se vuelve el viejo mundo del petróleo, más atractivo es para los patrones el nuevo mundo de las nuevas tecnologías. Si, al mismo tiempo, otras clases burguesas nacionales tienen dificultades para seguir este proceso de transformación tecnológica, cuanto más suba el precio del petróleo más dificultades van a tener esas clases burguesas nacionales.

Por lo que respecta a cuáles podrían ser esas clases burguesas nacionales, nos parece que una de ellas la tenemos encima de nuestras cabezas. Pero pasemos a actores de mayor envergadura y fijémonos en cómo describen los problemas recientes del capital chino nuestros amigos los espías de la CIA con doctorado en relaciones internacionales:

Si en algún momento cesa la salida de exportaciones [de la industria china] y la entrada [a China] de materias primas, los ingresos caerán rápidamente a niveles políticamente explosivos.

[…]

Para los chinos, esto [enfrentarse a una más que probable disminución de las exportaciones] representa un reto estratégico que solo puede contrarrestarse con un aumento de la rentabilidad de su actividad económica. Pero esto es casi imposible para un país productor de bajo valor añadido como es China. La solución es empezar a manufacturar productos de más alto valor añadido (menos zapatos, más coches), solo que esto requeriría de un tipo de fuerza de trabajo diferente, con muchos más años de formación y adiestramiento que el habitante chino de las regiones costeras, y no digamos del interior. Al mismo tiempo, una transformación de esta clase conllevaría la competencia directa con las economías bien asentadas de Japón, Alemania y EE. UU.[5]

Traducción: primero el capitalismo chino desde el punto de vista de las exportaciones. Hacen falta «menos zapatos y más coches». Esto, en la lengua de Caffentzis, se diría «aumento de la composición orgánica del capital». Y, como vemos, los espías con doctorado en relaciones internacionales saben que el capitalismo chino no va a ser capaz de llevar a cabo las transformaciones necesarias o, mejor dicho, lo esperan. Tienen de su parte el que este tipo de transformaciones requieren cambios sociales enormes, y eso en un país que en los últimos treinta años ya ha pasado por cambios sociales enormes. Tanto que la «estabilidad interior se está viendo puesta a prueba seriamente», o sea, que la lucha de clases arrecia.

Luego el capitalismo chino desde el punto de vista de las importaciones: no hay duda de que, de entre las «materias primas» que no pueden dejar de entrar a China bajo ningún concepto, la más básica es el petróleo. Cuyo precio ha aumentado un 400 % desde que empezó «la guerra de Bush». Y cuyo precio está alcanzando nuevas cotas máximas con la simple insinuación de una posible guerra entre Israel e Irán, una de las muchas insinuaciones que llenan los medios últimamente.

Sobre si puede pasar algo más con el petróleo, las demás materias primas y su entrada constante a China, los espías con doctorado en relaciones internacionales son más que claros:

La recesión en Europa y EE. UU., los principales clientes de China, ha expuesto a las exportaciones chinas a una mayor competencia y una menor demanda. Mientras tanto, China no ha sido capaz de aumentar la demanda interior ni de garantizarse el acceso a más rutas marítimas internacionales de las que la Armada de los EE. UU. está dispuesta a permitirle.[6]

Quizá no hayamos sido lo bastante convincentes, pero creemos que la situación que hemos presentado ofrece una explicación mucho más satisfactoria que la teoría del tubo sobre los aspectos energéticos de la estrategia estadounidense en Oriente Medio. Hemos defendido, pues, que en realidad EE. UU. persigue un aumento del precio del petróleo desde hace décadas. Y para lograrlo pone yacimientos petroleros fuera de circulación, ya sea con intervenciones militares directas, ya sea con embargos. Desde el que impuso contra Iraq en 1990 hasta el más reciente contra Irán. Los gobernantes del estado de EE. UU. actúan de este modo porque consideran que el capitalismo estadounidense está mejor preparado para dar el salto a un nuevo modelo de acumulación de capital. También porque de este modo, aunque el capital estadounidense no deje de enfrentarse a problemas, se enfrenta a problemas que espera superar con mucha mayor facilidad que sus grandes competidores gracias a su supremacía tecnológica. Por último, porque este objetivo concuerda con la estrategia más general de cerco al capitalismo chino. Y como veremos en otra ocasión, esta estrategia de cerco, ni se persigue ni se puede perseguir sin la participación de un actor que las teorías marxistas clásicas consideran «externo» e «irrelevante». Es decir, sin la participación del actor fundamental que los espías con doctorado en relaciones internacionales llamaban más arriba «la Armada de los EE. UU.».


[1] Para los enamorados de la teoría del tubo que absorbe materias primas, se pueden encontrar informaciones publicadas según las cuales Afganistán dispone de yacimientos de tierras raras. Por ejemplo: «EE. UU. descubre una incalculable riqueza mineral en Afganistán», Cacimeriní, 20/6/2010. Solo que no se ha vuelto a oír más nada de este sobrecogedor caso conocido por primera vez gracias a fuentes del departamento de Estado estadounidense.

[2] El origen de las ideas que comentamos aquí es fundamentalmente el ensayo The Work/Energy Crisis and the Apocalypse, escrito por George Caffentzis en 1980. Para más información, se puede consultar también On Africa and Self-Reproducing Automata, del mismo autor.

[3] Atención: las observaciones que siguen son todas ellas del Caffentzis de 1980.

[4] Esta previsión tan acertada hecha en unos tiempos tan difíciles se incluye en George Caffentzis: The End of Work or the Renaissance of Slavery? A Critique of Rifkin and Negri, 1998.

[5] George Friedman: «The State of the World, part II: Assesing China’s Strategy», Stratfor.com, 6/3/2012.

[6] Ídem.


Aparecido en: Antifa. Guerra contra el miedo, n.º 30, abril de 2012.

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