La posición de Rusia y la perra que le ha entrado a todo el mundo con Ucrania

1. Vae victis

Si alguien duda de que la guerra fría fuera de verdad una guerra, no tiene más que ver lo que le pasó a los perdedores. Con pena y sonrojo, la poderosa Unión Soviética se convirtió en Rusia. Su presidente se llamaba Yeltsin. Todo el mundo sabía que era alcohólico y en las cumbres internacionales lo invitaban a copas para reírse de él. Veinte años después de la derrota, los geógrafos de los demás patrones del planeta todavía podían fardar ante los (pocos) interesados de mapas invertidos como este.[1]

La principal moraleja que se puede extraer de este mapa tan peculiar es que ser un imperialista vencedor es absolutamente fascinante y ser un imperialista vencido es lo peor que hay en el mundo. Sin embargo, se pueden hacer observaciones más profundas acerca de las dimensiones de la derrota que la Unión Soviética empezó a sufrir en 1989. Fijémonos, por ejemplo, en la parte derecha del mapa. La amplia franja de tierra que va de Estonia a Ucrania era parte del antiguo estado soviético. Con el fin de la guerra fría, pasó a estar compuesta por media docena de mafiecillas y mafiazas estatales que comenzaban carrera en solitario. Más a la derecha, la franja que va de Polonia a Bulgaria estaba formada por antiguos estados miembros del «pacto de Varsovia» que ahora eran libres de arrimarse al sol que más les calentara. Por último, aunque no se vea en el mapa, al sur de la cordillera del Cáucaso habían aparecido una serie de nuevos estados (Georgia, Armenia, Azerbaiyán) que ya andaban luchando entre sí.

En un principio, la representación política de la élite rusa se tomó este insólito desmembramiento con un optimismo muy poco prudente. Por ejemplo, estuvo de acuerdo con la unificación de Alemania en 1990 a condición de que el territorio de la antigua Alemania del Este nunca fuera utilizado por la OTAN. ¡Vanas esperanzas! A medida que la década de los noventa avanzaba y la derrota soviética se desplegaba en toda su amplitud, los distintos ministerios de exteriores fueron haciendo un gurruño con aquellos acuerdos y tirándolos al cubo de la basura. La antigua Alemania del Este se volvió tan alemana como la del Oeste (aunque la clase trabajadora del Este se convirtió en la merienda de la industria alemana occidental a un ritmo que no afectaba al resto de alemanes). Polonia, República Checa y Hungría (el carril de la derecha) entraron en la OTAN en 1999. Rumanía, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia y Eslovenia, en 2004. Si hacemos memoria, en los tiempos de la invasión de Iraq, a todos estos nuevos estados (mezcla de mafia, nazis mal disimulados y procesos de acumulación más turbios que agua de fregar) los había bautizado EE. UU. como «Nueva Europa» por oposición a la vieja Europa formada por Francia y Alemania.

Dicho de otro modo, el cerco en torno a Rusia se estrechaba. O, por decirlo con las palabras de uno de los diversos especialistas medio chalados a los que tenemos que leer para poder escribir esta columna, «la expansión política hacia el sur y el oeste que había sido la base de la doctrina estatal rusa desde la época de Pedro el Grande había llegado a un punto de inflexión».[2]

En efecto, desde el punto de vista del estado ruso, esta serie de acontecimientos podría calificarse de tragedia, horror, maldición de la momia o lo que se nos ocurra. Fijémonos en este otro mapa.

El territorio nacional ruso es la mayor superficie estatal del planeta. Pero gran parte de él es un puro erial. Prueba de ello es la localización tan asimétrica de su capital. Moscú no se encuentra en el centro del territorio nacional ruso, sino en el centro de la única región que ha tenido un desarrollo capitalista considerable y está aceptablemente poblada, lo cual es muy distinto. El estado ruso está obligado a mantener el control (distribuir alimentos, trabajo, mercancías, militares, maderos y armas) a lo largo de extensiones de tierra inmensas y partiendo de un núcleo productivo muy lejano. Por si fuera poco, el acceso de este núcleo productivo al medio más rápido y sencillo para transportar todas estas cosas, es decir, al mar, es un problema constante. No es la primera vez que hablamos de esta cuestión. Hasta que el cambio climático obre el milagro (si es que lo obra), el norte de Rusia está aislado por el hielo. La zona oriental, por su parte, se encuentra muy alejada del núcleo productivo. Esto limita el acceso de Rusia al mar a dos puntos: el mar Negro y la región que está al sur de la península Escandinava. Ambas salidas al mar son de vital importancia para el estado ruso. Y ambas salidas al mar se encuentran sujetas a fuertes restricciones. La salida escandinava depende de que todo el norte de Europa esté dispuesto a permitirle el acceso al Atlántico norte; la salida por el mar Negro supone pasar por el Bósforo y por el mar Egeo.

Todo esto es un problema de primer orden para el estado ruso. Pero no solo en tiempos de guerra, también en tiempos de paz. El funcionamiento pacífico del capitalismo ruso (que, según la costumbre de los estados capitalistas, consiste en exportar mercancías en las narices de sus rivales internacionales hasta que estos digan basta) tiene la eterna desventaja de la difícil salida al mar. Después de perder la guerra fría, a esa difícil salida al mar se le sumaron nuevas dificultades. La «Nueva Europa» de EE. UU. se extendió, entró en la OTAN e hizo todavía más arriesgado el acceso a los océanos por el norte (basta con buscar «Kaliningrado» en Google para ver cómo se las tienen que apañar los rusos). Por lo que respecta a la salida por el sur, ya no está solo a merced del estado turco, ahora también del ucraniano y del georgiano.

Naturalmente, no hay estado que no tenga todo esto en cuenta cuando mira las rivalidades internacionales y se pone a trazar sus planes. El que tiene la iniciativa en este caso es el estado de EE. UU., que, como es bien sabido, en 1999 decidió que el fin de la guerra fría ya se había quedado antiguo y que había que pasar a la acción otra vez. Desde entonces y (una vez más) para no decirlo con nuestras palabras:

La principal prioridad de Washington […] se puede resumir en mitigar las amenazas al control estadounidense de los océanos mundiales impidiendo que ninguna potencia euroasiática acumule los recursos necesarios para este fin.[3]

Esto, como ya hemos dicho, significa presión a Rusia y a China. Y, puesto que la presión no se ejerce con palabras, significa persecución de Bin Laden en Afganistán, interés por la democracia en Iraq, guerra, invasión, desestabilización general de Oriente Medio y el norte de África y todo lo que desde 1999 hemos aprendido a ver como acontecimientos inconexos.[4] En el caso de Rusia, esta estrategia ha significado una epidemia de «revoluciones de colores» en todos los estados del primer mapa que no habían entrado en la OTAN antes de 2005. Hacia 2008, estas «revoluciones» se habían propagado hasta el punto de que incluso se discutía una posible entrada de Georgia en la OTAN.

Sin embargo, mientras pasaba la primera década del siglo XXI y se iban desarrollando estos proyectos, el estado ruso había vuelto a ponerse en pie y empezaba a hacer sus propios cálculos y a trazar sus propios planes frente a los estadounidenses. Por ejemplo, la cuestión del Cáucaso y la forma en que Rusia la afrontó demuestran una combinación de barbarie contra población civil y de utilización política del «terrorismo islamista» envidiable hasta para el estado de EE. UU. Empezó con el aplastamiento del «terrorismo separatista checheno» a lo largo de la década de los noventa y desembocó en una guerra abierta con el estado de Georgia hacia 2008 (al final, Georgia no entró en la OTAN, por si alguien se había quedado con la duda). La cuestión ucraniana, por otra parte, fue afrontada por medios políticos primero y de la forma que vemos últimamente en las noticias después.

2. Crimea y luego la estepa

La rapidez con la que el estado ruso ha reivindicado militarmente la península de Crimea no debería extrañarle a nadie. Desde que los estados capitalistas tienen conciencia de la naturaleza internacional de sus intereses, la península de Crimea es el apéndice marítimo del estado ruso, la posición tras la cual Rusia pasa, de imperio aspirante, a simple estepa de cabreros. La caprichosa geografía de la región tiene mucho que decir al respecto.

En la imagen de al lado, vemos el mar Negro, una de las dos salidas al mar del estado ruso. Como se aprecia en ella, una fuerza militar estatal que controle la costa norte del mar Negro necesita controlar también la península de Crimea. Si no, no puede ni salir a pescar. Por mucho que Rusia dominara el territorio que rodea el mar de Azov, no podría salir de él sin verse las caras con la armada de quien estuviera en posesión de Crimea. Por si fuera poco, el estado ruso tendría serios problemas para conquistar la península de Crimea utilizando nada más que su superioridad terrestre. Simple y llanamente porque el nexo entre Crimea y el continente es muy estrecho y las fuerzas terrestres se verían obligadas a cruzar un paso muy fácil de atacar desde el mar. En pocas palabras, si pierde el control de Crimea, el estado ruso pierde una de sus dos preciadas salidas al mar, y a partir de ahí, apaga y vámonos. Esto ya le ha sucedido una vez en su historia. El agresor fue (¿quién si no?) el imperio británico. El episodio tuvo lugar de 1854 a 1856 y ha quedado para la historia como la guerra de Crimea. Después de esta derrota, Rusia tardó más de cincuenta años en recuperarse.

Evidentemente, todo esto es bien conocido por los ministerios de exteriores del mundo entero. Los únicos que se habrán extrañado de que el estado ruso haya reclamado el control de Crimea de manera casi mecánica y sin importarle su tremebunda expulsión del G8 han debido de ser los analistas del movimiento antiglobalización. En cualquier caso, era de esperar. No hay nadie que pueda cuestionar el dominio del estado ruso en la región. Y si EE. UU. no está de acuerdo, no tiene más que comprobar lo bien que funcionan los tanques rusos con un desembarco en los lodos euroasiáticos (en el caso de Georgia, prefirieron hacerse los locos).

Aun así, tampoco es que los acontecimientos estén siguiendo un curso ideal para el estado ruso. Aquí queremos hacer hincapié en algo que a menudo pasa desapercibido. En las rivalidades entre estados, quien toma la iniciativa es la mayoría de las veces aquel que no tiene más remedio que tomarla. En el caso de Crimea, el estado ruso no tenía más remedio. Pero la alegría con la que la alegre población «rusa» de Crimea votó a favor de la secesión de Ucrania no va a durar para siempre. Su península se ha convertido oficialmente, ante la atenta mirada del mundo entero, en puesto de guardia de la madre patria, y cosas así nunca son gratis. Es decir, para que la población de Crimea no pierda la alegría, deberá tener electricidad, educación, sanidad, etc. en una medida que consideren satisfactoria. Y más teniendo en cuenta que no son todos rusos, sino, en una parte considerable, musulmanes y que, por lo tanto, no van a estar tan contentos con la nueva coyuntura. Todo esto en una región a la que el estado ruso no tiene acceso por tierra. En otras palabras, Crimea es el problema del estado ruso en miniatura: tener que controlar regiones a las que tiene difícil acceso desde un núcleo productivo lejano. Y a medida que el control se extiende, más dificultades. Putin ya ha anunciado que va a construir un puente para unir el territorio ruso con la trascendental península. Será el primero de una serie de gastos desorbitados.

En resumen, el estado ruso se va a ver obligado a pagar de muchas formas por algo que hasta la fecha tenía en su poder a cambio de pagos en especie (gas natural). Es por eso que nos extrañaría que se decidiera finalmente a ocuparse del resto de la Ucrania «filorusa». Porque la ocupación militar de un territorio enorme con una población de cincuenta millones de habitantes no es tarea fácil y porque dicho territorio ya se está viendo azotado por una serie de problemas internos que, de momento, van sobre las espaldas de los nazis ucranianos y de sus amigos. Así que, ¿por qué invadir y ocupar cuando se puede esperar y financiar discretamente las «tendencias separatistas»?

Para cerrar por fin esta historia, vamos a dejar de lado las previsiones (el camino más seguro hacia el ridículo) y vamos a subrayar algunas cosas que son seguras. A saber: el caso de Ucrania forma parte de una estrategia global del estado de EE. UU. Esta estrategia consiste en presionar a Rusia y a China de modo que nunca lleguen a concentrar los recursos necesarios para cuestionar el dominio estadounidense de los océanos mundiales. Esta presión lleva quince años ejerciéndose y, en el caso de Rusia, se ha expresado ya en tres guerras: Chechenia, Georgia y ahora Ucrania. El desarrollo de la guerra de Ucrania pone de manifiesto hasta dónde llegan las posibilidades actuales de ambos bandos. Con el comienzo de este nuevo enfrentamiento, ambas partes se ven obligadas a cargar con nuevos pesos, a sufrir un poco más por el gran objetivo de la hegemonía mundial. Así, sufriendo poco a poco, despojando de recursos al adversario, presionándolo hasta que no pueda más, la guerra en su conjunto seguirá su curso. En Ucrania. En Siria. En el Pacífico. Hasta que la presión de la historia y de la crisis capitalista se vuelva insoportable. Hasta que alguien tenga que tomar una iniciativa que no pueda hacerse pasar por «incidente local». Y después de la cual no haya vuelta atrás.


[1] Este mapa es de Stratfor: «The Geopolitics of Russia: Permanent Struggle», www.stratfor.com, 10/2008. No está trazado de la manera a la que estamos acostumbrados, de ahí que a medida que avanzamos hacia la parte superior se deforme.

[2] Heinz Brill: Die NATO-Osterweiterung und derStreit urn Einflussspharen in Europa; Osterreichische Militarische Zeitschrift, 6/2009. Lo encontramos en inglés, no creáis que somos tan empollones…

[3] George Friedmann: «The Emerging Doctrine of the United States», www.stratfor.com, 9/10/2012.


Aparecido en: Antifa. Guerra contra el miedo, n.º 41, mayo de 2014.

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