2. Definiciones nada inocentes

Ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo cuando venza.
Y este enemigo nunca ha dejado de vencer.

Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la historia

 

La función primordial de la idea hegemónica de fascismo es intentar ocultar un suceso al que, si lo calificáramos simplemente de monstruoso, lo estaríamos minimizando. Nos referimos al hecho de que, desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta el final de la segunda y de manera gradual, los estados occidentales y en general los estados capitalistas avanzados trataran a sus ciudadanos —en especial a la clase trabajadora— exactamente del mismo modo en que años antes habían tratado a las poblaciones de África y Asia. A lo largo de décadas en las que los «países civilizados» se encontraban en guerra, las sociedades occidentales aplicaron diversas formas de estado de excepción y exterminaron por decenas de millones a sus habitantes. Más aún, este proceso de exterminio no afectó solo a quienes integraban los ejércitos en guerra. Por el contrario, la mayor parte de los muertos de la contienda fue población no combatiente; en una mayoría aún más aplastante, se trataba de clase trabajadora.

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Estos cuatro fragmentos constituyen el primer capítulo de El fascismo sin esvástica, folleto publicado en 2010 por la asamblea Autonome Antifa (Atenas)

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El asombro ante el hecho de que las cosas que estamos viviendo «todavía» sean posibles
en el siglo XX no tiene nada de filosófico. No es el comienzo de ningún conocimiento,
a no ser de este: la idea de historia de la que nace este asombro no se sostiene.

Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la historia

 

Tenemos que aclarar desde ya que, cuando decimos que vemos el fascismo campando a sus anchas a nuestro alrededor, lo decimos en el sentido más estricto. Nos proponemos, por tanto, denunciar tanto a nivel ideológico como práctico el mismo fascismo que floreció en el periodo de entreguerras y alcanzó su auge durante la segunda guerra mundial. No utilizamos el término a la ligera. Tenemos en cuenta, sin embargo, las trampas que esperan a quienes buscan repeticiones en la historia. Pues, en efecto, quienes son capaces de defender que la historia se repite «tal cual» se ven normalmente condenados a dos opciones. La primera es la inmovilidad: ver el pasado sucediendo una y otra vez ante sus ojos, incapaces de comprender que la realidad, tan llena de innovaciones como está, no tiene tiempo para repeticiones. La segunda es el asombro continuo: negarse con obstinación a comprender las evidentes relaciones que guarda el presente con los hechos del pasado, obcecados en que «no es exactamente lo mismo». Obcecados en que «lo nuevo es tan nuevo que no se puede comparar con nada anterior», renuncian por completo a las enormes posibilidades de comprensión que ofrece el conocimiento histórico.

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La guerra civil griega no se resolvió con un gran plan de mediación como en los países del «industrializado Occidente». En el 1950 griego, no había ni industria ni cadena de montaje ni sindicatos de izquierdas que canalizaran la oposición obrera ni un partido comunista que se presentara a las elecciones y teorizara sobre la «vía pacífica hacia el socialismo». En el 1950 griego, había un policía en la esquina, comunistas en el exilio, colaboracionistas de la ocupación nazi en puestos clave de la administración y, en las soflamas de las fiestas nacionales, alusiones no a la guerra civil, sino a una «guerra contra las bandas de forajidos». Hasta la educación y el acceso a la administración pública, esas antiquísimas válvulas de escape de la tensión social, fueron minadas de elementos de control de las creencias políticas como el célebre Certificado de convicciones sociales.

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